La reciente huelga estudiantil de la UPR se puede ver en varios contextos. Uno de ellos es el de las huelgas pasadas en dicha institución. Otro es en el contexto de las luchas civiles en Puerto Rico y Estados Unidos. Un último contexto, más amplio, es el mundial.
La resistencia en la UPR.
Las huelgas estudiantiles en la Universidad de Puerto Rico han surgido como reacción a un programa agresivo de encarecer los costos de la educación en la isla, con la posible mira de privatizar el sistema público. Las huelgas de 1981 y 2005 tuvieron como meta impedir un alza en la matrícula, mientras la de hoy critica una posible disminución de exenciones de matrícula.
Quien mejor describe el intento de retardar la Universidad es nuestro Gobernador. “La UPR disfruta de un enorme privilegio”; enorme, aquí, es sinónimo de excesivo. Fortuño produjo un cálculo mediante el cual todos los estudiantes universitarios reciben una beca enorme. “Cada estudiante recibió en promedio $4,082 en Becas Pell del gobierno federal…$1,320 para pagar la matrícula y otros $2,762 para gastar en lo que ellos quieran”. Como, por ejemplo, comida, ropa, hospedaje. El número de Fortuño, entre las 18 semanas semestrales, entre cuatro días de clase, da a $38.50, que previsiblemente se puede dividir entre $15 para comida, $20 para vivienda y transportación, con lo que les sobra la considerable suma de $3.50 para gastos menores como libros, materiales, ropa, gastos médicos, etc. Los estudiantes irresponsables, se sobreentiende, los que malbaratan la Beca Pell y pululan por la imaginación del Gobernador, beben un total de 3 medallas diarias y dan una generosa propina de medio dólar.
“El 81% de los gastos de la universidad”, agrega Fortuño, “lo pagamos nosotros los contribuyentes y el gobierno federal. Eso quiere decir que este año la UPR le cuesta $726 a cada contribuyente en Puerto Rico”. La palabra “cuesta” cayó mal, pero démosla por buena. Ahora bien, ¿qué porcentaje de los bomberos pagamos nosotros? ¿Qué porcentaje de las carreteras? ¿Del sueldo de nuestros representantes? ¿Qué porcentaje de la policía? Esta tarde un buen hombre recibió un macanazo por el que pagó en o antes del 15 de abril del año pasado.
En realidad, toda esta tontería es innecesaria y no vale la pena atenderla. Si a Fortuño le interesara echar hacia adelante la economía del país, no le quitaría dinero a la UPR. En el número actual de Foreign Affairs, una publicación seria y conservadora, el presidente de Yale University, Richard C. Levin, comenta que ha sido precisamente la intervención económica en universidades estatales como privadas lo que ha provocado el desarrollo de la economía e industrias norteamericanas. Dice, de hecho, que la medida en que India y China están invirtiendo un alto porcentaje de su PIB en sus universidades indica lo serio que se están tomando su futuro rol de liderazgo económico en el mundo. En síntesis, Levin comenta que hay una relación proporcional entre inversión económica del estado en sus universidades y el desarrollo económico de estos estados. Que el Presidente de Yale lo establezca en Foreign Affairs, en el número corriente, me parece un buen argumento para confrontar con el disparate del discurso de Fortuño.
Lucha en PR y en EEUU.
El modelo al que se acerca nuestro gobernador, y los coristas que ha ubicado en nuestro primer centro docente, recoge lo peor de las política de Estados Unidos, pero —y este es un punto neurálgico— nada tiene que ver con los procesos que han llevado a este país a gozar de sus libertades. Pensar que defender el derecho a la educación es algo antiamericano, como se lee en los periódicos y se escucha en la radio, es un error muy triste.
Si se pasa por alto el activismo antibélico y ambiental, que aún continúa, el foco principal de las protestas recientes es, por supuesto, el estado de Arizona, cuyo gobernador (del mismo partido del nuestro) firmó hace poco una ley que obliga a la policía a pedirle documentos a personas que parezcan extranjeros (i.e., de rasgos hispánicos). Miles de personas se han arrojado a las calles a protestar; las manifestaciones más grandes se llevaron a cabo el primero de mayo. El martes pasado la policía arrestó a 15 personas que protestaban contra la Ley (incluidos algunos estudiantes), que ahora parece incluir la proscripción de un programa de Estudios Étnicos en las escuelas de Tucson, Arizona (Democracy Now! 12/6/2010). Al igual que aquí, varios artistas se han solidarizado con las protestas, y se unen al boicot con que diversos organismos intentan presionar a los legisladores de Arizona.
Nuestro gobernador republicano ha comentado delante del país que la protesta se debe a un “minúsculo grupo” que viola los derechos de una mayoría anónima y silente que piensa, como él, que luchar por los derechos civiles es una acción antiamericana. Hay que decodificar el término propagandístico. El término “mayoría silente” fue usado por Nixon en una conferencia del 1969, luego de una inmensa actividad antibélica a lo largo de Estados Unidos, para que la gente apoyara la Guerra de Vietnam. 4 meses después, alrededor de 4 millones de estudiantes norteamericanos se fueron en una huelga masiva para rechazar las políticas de su gobierno. Es revelador e irónico que luego de que el Presidente aludiese a una “mayoría silente” (y posiblemente inventada), los estudiantes norteamericanos hayan respondido precisamente con una huelga descomunal. “Mayoría silente” es un slogan propagandístico traducido literalmente del inglés, minúsculamente menos ridículo que “cuatro años más”, como aclamaban varios senadores y representantes, y que simple y sencillamente no suena bien en español.
Estos dos ejemplos estadounidenses no son ni la punta del iceberg. Las libertades civiles estadounidenses se han ganado mediante lucha y es imposible que el Gobernador lo ignore. Al igual que su copartidario, falsea la realidad en aras de ganar el favor del público.
Dejo sin comentar las luchas civiles de nuestra isla, los éxitos que han cosechado y las pérdidas que en su momento superarán. La lucha estudiantil, pacífica y organizada, que vemos estupefactos no es solo una inspiración, sino un manual de instrucciones para luchas futuras.
La UPR y el mundo.
Los vídeos que hemos visto de nuestros queridos hermanos policías abusando de sus compatriotas ciertamente son desesperantes. Debemos ponerlos en el contexto de lo que está sucediendo en lugares como Tailandia para entender los afortunados que somos de vivir en un país libre y, sobre todo, entender la medida en que se nos quiere arrebatar esta libertad. Hoy 14 de mayo de 2010 la policía abrió fuego sobre los protestantes de Bangkok y, entre decenas de heridos, hubo dos muertes (para un total de 25). Hoy, en la isla en que vivimos, la policía golpeó y roció con gas pimienta a padres y estudiantes que protestaban pacíficamente.
Al momento en que escribo los grandes medios noticiosos reportan considerablemente las luchas en Tailandia y Grecia, y las posibles luchas en España, Italia, Cuba y Ecuador.
En Grecia, las protestas se deben a las políticas neoliberales con las que el partido en poder, nominalmente “socialista”, quiere que la población pague los platos rotos del Estado. Endeudarse con el Fondo Monetario Internacional y con los bancos de la Unión Europea se traduce en reducción del sueldo de los empleados (los despidos, a diferencia de PR, son inconstitucionales en Grecia) y recortes en los servicios públicos. Algo similar esta proponiendo otro gobierno “socialista”, el de Rodríguez Zapatero en España. El gobierno español quiere reducir en un 5% el sueldo de los empleados públicos, y los sindicatos han llamado a una huelga general el 2 de junio. Lo que está pasando en Europa (y aquí) se comprende en el contexto de la crisis mundial; esta crisis es tanto económica como democrática. La crisis económica es muy real: por culpa (entre otros factores) de Goldman Sachs y AIG (otorgaron préstamos fraudulentos), la economía de varios gobiernos está por el suelo, y muchos no pueden ponerse al día con su deuda externa. La crisis democrática es aún más alarmante: querer que un pueblo pague por los deslices y la mezquindad de un puñado de multimillonarios, y atacarlos con macanas cuando se quejan de esta injusticia es sin duda una embestida contra la mera noción de lo que debe ser la democracia.
Aun en Bolivia, que sí ostenta un gobierno realmente socialista, los sindicatos han anunciado una huelga para demandar un alza en el sueldo. Pero aquí las causas son distintas.
En Italia pronto habrá un congelamiento de los sueldos, según Telesur (14/6/2010), y sólo podemos especular lo que pasará en Cuba cuando el gobierno reduzca su tamaño. Las luchas recientes de Ecuador tienen que ver con la posibilidad de que se privaticen varias fuentes de acceso al agua. Distintas comunidades indígenas están luchando por que el acceso al agua no caiga en manos de corporaciones mineras y agrarias.
Tenemos un mundo en el que las clases gobernantes se endeudan por su mal manejo de los recursos y por la avaricia con que planifican sus políticas. Cuando el país se endeuda, le piden a la ciudadanía que pague. Cuando la ciudadanía se queja, ejercen la fuerza. Para colmo, le niegan servicios básicos, como el agua, a sus ciudadanos. Puerto Rico es parte del mundo.
Es importante recordar que la lucha civil y social es el impulsor de los cambios políticos y, a fin de cuentas, los procesos históricos. Los estudiantes, profesores, padres, y ciudadanos responsables que se han unido en una protesta en contra de los abusos de nuestra reinante administración deben entender que aunque sus esfuerzos tienen metas delimitadas en el espacio y el tiempo, también conforman un movimiento que abarca el mundo entero y que sacude oligarquías, ya sea la tailandesa, la ecuatoriana, la estadounidense o la puertorriqueña.
Friday, May 14, 2010
Friday, April 23, 2010
Juan Bosch y Orlando Bosch, de un pájaro las dos alas.
La semana que viene se cumplen 45 años de la invasión estadounidense de la República Dominicana. Quiero aprovechar la celebración del centenario de Juan Bosch en la Semana de la Lengua aquí en Cayey para comentar las implicaciones de ese suceso histórico. Con ese fin, voy a repasar brevemente la invasión norteamericana y la figura del presidente dominicano Juan Bosch; después le daré un vistazo a la actividad del cubano Orlando Bosch. Este último, a pesar de compartir el mismo apellido, vendría a ser la contrafigura de Juan Bosch. Propongo que comparar ambas figuras puede echar luz sobre algunos aspectos de la política estadounidense en el Caribe dentro del periodo conocido como la Guerra Fría.
En el capítulo 24 de la biografía del Presidente Kennedy, Arthur M. Schlesinger, Jr., comenta los esfuerzos de la Alianza del Progreso (el proyecto para Latinoamérica de Kennedy) por crear una “revolución democrática” para contrastar la fascinación que producía, en distintas partes del hemisferio, la Revolución Cubana. La Alianza del Progreso admitía a políticos de diversas orientaciones, desde José Figueres de Costa Rica (un demócrata liberal) hasta los dictadores de Paraguay y Haití, Stroessner y Duvalier. Según comenta su biógrafo, el modelo que Kennedy quería promulgar para América Latina estaba copiado parcialmente del Puerto Rican experience, por lo que no es sorprendente que tanto Muñoz Marín como Teodoro Moscoso, Arturo Morales Carrión y otros formaran parte de los esfuerzos anticomunistas del gobierno norteamericano. Para entender lo que se dirá más adelante es importante entender que la relación de Estados Unidos y América Latina desde la presidencia de Kennedy tiene como meta combatir lo que representaba la amenaza de Fidel Castro.
Un año antes de su muerte, y luego de haber aterrado la República Dominicana despiadadamente por 30 años, el dictador Rafael Leónidas Trujillo perdió el apoyo de los Estados Unidos (*1). Las relaciones venían deteriorando, pero los excesos de Trujillo terminaron de empachar a los norteamericanos. Harta ya de las vergüenzas que le hacía pasar su antiguo aliado, la CIA planifica la muerte de Trujillo, pero resulta que unos dominicanos se le adelantan y matan al dictador.
Trujillo tenía a la República Dominicana muy sujetada. Es obvio que luego de su asesinato, se abriese un vacío de poder. Algunos miembros de la familia del dictador se aferraron al mando del país, pero entre una cosa y otra terminaron exiliándose. El gobierno de that lovely but tragic old Spanish island (como la llama Schlesinger) cae en manos de Joaquín Balaguer, quien había sido el presidente simbólico de la República Dominicana regida por Trujillo (Schlesinger 769) (*2).
Ante la inestabilidad en el poder dominicano, el Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, examina la situación realistamente y llega a su famosa conclusión: “Hay tres posibilidades, en orden de preferencia: un régimen democrático decente, una continuación del régimen de Trujillo o un régimen castrista. Debemos apuntar hacia el primero, pero realmente no podemos renunciar al segundo hasta que no estemos seguros de que podemos evitar el tercero” (769, mi traducción). Esto se refiere a que, con tal de evitar algo que se parezca a Fidel Castro, estaban dispuestos a apoyar a alguien que se pareciera a Trujillo. Pues, bien. Balaguer era, a los ojos de Kennedy, esa continuación de Trujillo que resultaba cómoda a los intereses estadounidenses.
Anticipando sin saberlo la invasión de su sucesor, Kennedy mandó un barco militar a la República Dominicana con 1,800 marines, por si Balaguer los pedía (Schlesinger 771). Este punto es revelador, ya que se tiende a pensar que la invasión norteamericana fue un capricho de Lyndon Johnson, el sucesor de Kennedy. Cada presidente aportó a la causa y adelantó un paso de la invasión dominicana: el Presidente Eisenhower la avaló por escrito (Rabe 55), el Presidente Kennedy envió soldados a rondar la isla, y el Presidente Johnson irrumpió ya finalmente en Santo Domingo.
En diciembre de 1962 se llevan a cabo las elecciones de la República Dominicana: las primeras elecciones limpias en la historia de ese país. Muchos políticos norteamericanos veían estas elecciones con malos ojos. Serban Vallimarescu, por ejemplo, quien fungió en varios cargos diplomáticos en la República Dominicana, se opuso a la idea de las elecciones. Una población de 75% analfabetas bajo 40 años de represión, creía Vallimarescu, no iba a tener la menor idea de qué era la democracia, y mediante una elección pondría en riesgo a la junta militar, que a este diplomático le parecía decente y civilizada. Comenta que se difundieron panfletos y comic books para enseñarles a votar a los dominicanos. Los temores de Vallimarescu estaban bien fundados, porque el pueblo dominicano eligió a Juan Bosch, “someone I never trusted”, como explica el diplomático. La desconfianza de Vallimarescu (y del resto de la administración de Kennedy) tenía una base sólida.
En una charla inaugural, el Presidente Bosch denunció los tres sectores de la sociedad dominicana que usualmente habían asfixiado al pueblo: la iglesia, las fuerzas armadas y la oligarquía. A estos grupos les causaron gran incomodidad las reformas a favor de los intereses de la población dominicana: e.g., el que le abriera al país una línea de crédito en Suecia (esto le restaba control a los Estados Unidos) y el que cancelara un contrato con Esso Oil Company (Chomsky 150). Bosch además se distinguió por la forma agresiva en que combatió la corrupción del gobierno.
Vallimarescu señaló que Bosch había cometido suicidio político y, luego de escuchar el discurso inaugural, le pronosticó un máximo de ocho meses a su mandato. Tenía razón, después de todo, en que las elecciones eran una mala idea. En el Norte se tiende a pensar que los países del Sur pueden votar con tal de que voten por la persona correcta. En este sentido, Vallimarescu no se alejaba demasiado de la opinión del futuro Presidente Nixon, quien creía que la democracia estaba bien, pero no para aquellos que carecieran de “madurez política” (Rabe 50). Carecer de madurez política se traduce en votar por alguien que desafía la iglesia, las fuerzas armadas y la oligarquía, por eso de quedarnos con el caso dominicano.
Para Arthur Schlesinger (mano derecha de Kennedy), Juan Bosch no era el mejor candidato para su país, y hubiese preferido a alguien como Muñoz Marín. Aunque acepta que Balaguer era una suerte de monigote de Trujillo, Kennedy se va convenciendo de que es la única herramienta que tenía Washington. Ante los ojos de Washington, explica Schlesinger, Bosch funcionaba mejor como un escritor de cuentitos que como un mandatario fiable (773). El hecho de que los dominicanos hubiesen votado por él, se sobreentiende, es secundario.
Finalmente, en septiembre de 1963, a solo siete meses de su mandato, el gobierno de Juan Bosch recibe un golpe de estado. Se instalan en el poder varios líderes militares. Obviamente, se cancelan las reformas de Bosch.
Eran tiempos agitados. Casi dos meses más tarde, al Presidente Kennedy lo asesinan en Dallas.
Vallimarescu cuenta que él fue uno de los pocos miembros del gobierno estadounidense que se quedaron en la isla después del golpe de estado dominicano. Narra la misa que le hicieron los miembros del triunvirato militar a la memoria de Kennedy. A petición de Donald Reid Cabral, quien había heredado la presidencia del triunvirato (y que estaba al mando de la República), el diplomático Vallimarescu intercedió ante sus superiores. El nuevo Presidente norteamericano, Lyndon B. Johnson, no perdió tiempo y reanudó las relaciones diplomáticas con los militares dominicanos. Todo parecía de vuelta a la normalidad.
Ahora, en abril del 1965 (año y medio después del golpe de estado), unas facciones de las fuerzas armadas dominicanas se rebelan en contra del liderazgo militar. La revuelta, a la que se le unió una gran parte de la población, tenía una meta bien clara: devolver a Juan Bosch, el presidente legítimo, al mando del país. Con el objetivo claro de impedir que eso sucediera, Lyndon Johnson envió 23,000 soldados norteamericanos a la República Dominicana.
La intervención fue masiva. El mismo Bosch escribe que el equipo que entraba en Santo Domingo era tan pesado como el que se llevó al desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial (408). El Mayor Lawrence Greenberg, del US Army Center for Military History, explica que las fuerzas aéreas norteamericanas dispusieron de todas las unidades de transporte que al momento no se encontraban en el Sureste asiático; Greenberg calcula que aterrizaba, como promedio, un avión cada cinco minutos (19). La presencia de las tropas, continúa Greenberg, tenía como propósito, entre otras cosas, “to bolster sagging Loyalist morale” (21): esto es, darle refuerzos al triunvirato militar que ocupaba el lugar de Bosch.
Se estima que murieron alrededor de 3,000 dominicanos, en su mayoría civiles.
Vallimarescu trabajó como portavoz de prensa del gobierno norteamericano en la isla. El diplomático comenta que los militares norteamericanos eran muy parcos con la información, lo que no le impidió que se refiriera a Camaaño, el principal militar aliado a Bosch, como “el enemigo”. Llamar “enemigo” a Camaaño o algún otro miembro de las fuerzas constitucionalistas fue muy sincero, ya que ponía de manifiesto claramente las alianzas del gobierno estadounidense.
Villamarescu comenta que él, que era la persona que se supone que informara al gobierno de lo que sucedía en las calles de Santo Domingo durante esta guerra civil, se enteraba de la situación a través de las noticias que llegaban de Washington. ¿Cómo era posible que el portavoz del gobierno fuera la persona menos informada? Villamarescu explica: “Johnson quería probar algo —quería probar que esto había surgido de Cuba, quería probar que Camaaño era un hijo de puta y estaba matando gente— y publicaron cosas que no se podían verificar. Algunos de los supuestos agentes cubanos o no existían o estaban muertos” (la traducción es mía).
Unos días después de la invasión (el 2 de mayo de 1965), en su discurso acerca de la situación de la República Dominicana, el Presidente Johnson explicó las razones por las cuales los Estados Unidos intervinieron en la Dominicana. Johnson reitera que es consciente de que no se debe intervenir en los asuntos externos de otros países (esto es ilegal) (*3), pero comenta que ha tenido que tomar esta decisión difícil (hard) por dos razones: en primer lugar, la vida de muchos ciudadanos norteamericanos corría peligro y, en segundo lugar, en la República Dominicana existía una alarmante amenaza comunista. La imagen que pinta Johnson en su discurso es la siguiente: por un lado están los opositores de Bosch, quienes formaron un comité militar en un esfuerzo por controlar el país, y por otro lado están quienes —en nombre de Bosch— se tiraron a las calles para hacer una revuelta. A todas estas, explica Johnson, “the United States was making a constant effort to restore peace”. El Presidente intentó dejar claro que es solo por las más nobles intenciones que los Estados Unidos intervienen en los asuntos de otros países. La ilegalidad de la acción quedó justificada con el argumento de la buena intención.
Johnson (muy sabiamente) evita relacionar a Juan Bosch con el comunismo; el culpable no es Bosch, sino “a band of Communist conspirators”, quienes presentan una amenaza al hemisferio (*4). Estos enemigos de la libertad, entrenados por Fidel Castro, quieren reinstalar a Bosch con una doble agenda, y son estos quienes atentan en contra de la vida de los norteamericanos. Johnson cita a su predecesor Kennedy, quien había dicho: “We in this hemisphere must also use every resource at our command to prevent the establishment of another Cuba in this hemisphere”.
Escribe Juan Bosch que a Johnson “se le hizo decir que en las calles de la capital dominicana había miles de cuerpos decapitados [cuyos] cuerpos eran paseadas en puntas de lanzas [...] se le hizo decir que la revolución era comunista y luego se presentó una lista de 51 comunistas dominicanos, lo que provocó la risotada en todo el mundo” (408). Ya hoy día nadie cree que existía una amenaza comunista en la República Dominicana. El historiador militar Greenberg comenta que, de la lista original de comunistas que presentó la CIA, 5 nombres estaban repetidos y varios otros estaban muy superficialmente asociados con el comunismo (28, nota 15). La prisa y la chapucería con la que se construyó la evidencia falsa son realmente asombrosas.
En el mensaje del Presidente Johnson estaba claro que el comunismo es el enemigo de la libertad, mientras que los Estados Unidos son los defensores de la libertad. El hecho de que Bosch, el presidente legítimo de la tragic little island (esta vez son las palabras de Johnson), no fuese comunista, tampoco importa en lo más mínimo. Importaban solo las buenas intenciones norteamericanas de liberar a la República.
Por alguna razón, quizás por cinismo, Johnson cierra su discurso con una cita nada menos que de Simón Bolívar. Aunque no es esta la cita que da Johnson, todos recordamos que Bolívar había dicho: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad”.
Arthur Schlesinger ha explicado que, en los siete breves meses que estuvo en el poder, el gobierno de Bosch no había podido transformar por completo la sociedad postrijullista. Además, que no era lo suficientemente anticastrista. Además, que era incapaz de entusiasmar a la ciudadanía. Esto último es lo menos cierto de todo, ya que Bosch había arrasado en las elecciones, y provocó una movilización masiva para restaurarlo ya una vez los militares lo sacaron del poder. El entusiasmo que provocaba la figura de Bosch llevó a la sociedad dominicana a la guerra civil.
Otro célebre diplomático, Ellsworth Bunker, expone su versión de la figura de Bosch en los siguientes términos: “Para ese entonces estaba bastante errático. Había llegado a esa etapa de la vida. Sí, era verdaderamente —yo disfrutaba ir a verlo, pero él estaba bastante desorientado —off the mark” (24). Bosch “se presentaba a sí mismo como el futuro salvador de su país” (23). Bunker era, además de político, el presidente de la National Sugar Refining Co. Explica Eduardo Galeano que, en su faceta de empresario, Bunker supervisó de cerca los intereses de la compañía azucarera en suelo dominicano, luego de la intervención (122).
Finalmente, cuando se logra vencer a los partidiarios de Bosch, nombran temporeramente a Héctor García Godoy, a man of integrity, a la presidencia. En el 1966 García Godoy llama a nuevas elecciones en la República, en las que Juan Bosch se volvió a postular. En su defensa de Bosch, el pueblo dominicano había sufrido problemas con los militares, una invasión extranjera y una guerra civil. El mensaje estaba claro y la población entendió por quién debía votar: por Joaquín Balaguer.
En síntesis, resumo rápidamente lo dicho hasta aquí: luego de 30 años de la dictadura horrible de Trujillo, por fin se hicieron unas elecciones libres en las que ganó un candidato honesto: Juan Bosch. Las fuerzas tiranas le hacen un golpe de estado a Bosch y reinstalan el mando trujillista y, cuando un movimiento legitimista intenta devolver a Bosch al poder, los Estados Unidos intervienen a favor de los golpistas. Esta es una violación de varias leyes internacionales. Luego de la debacle, se llevan a cabo nuevas elecciones en las que ganó un antiguo partidario del dictador Trujillo.
No ha faltado quien ha encontrado paralelismos entre este caso y uno mucho más reciente: el de la nación caribeña de Honduras. Un candidato democrático liberal con tendencias de justicia social es expulsado por un golpe de estado militar, con el aval más o menos explícito de los Estados Unidos. Cuando se hacen nuevas elecciones (innecesarias y posiblemente ilegales, ya que el término de las anteriores no había concluido), el pueblo, amedrentado, vota por un candidato de derecha, solícito con las inversiones extranjeras desenfrenadas.
Paso ahora a considerar el caso de otra persona de apellido Bosch: se trata de un pediatra cubano que con los años se llegó a convertir en un terrorista famoso. El Dr. Orlando Bosch tiene una lista larga de atentados a su haber, muchos de los cuales él mismo ha confesado. Al igual que otros militantes que han diversificado sus carreras hacia el terrorismo, Bosch fue entrenado por la CIA. El pediatra y sus secuaces estuvieron activos en la campaña con la que nuestro gobierno atacó a Cuba por mucho tiempo.
Repasemos la historia. Unos años antes de la invasión dominicana, los Estados Unidos invadieron a Cuba (1961). El suceso se conoce como la Invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón. Las fuerzas del ejército cubano rechazaron y vencieron a los invasores, entre los que se hallaban personajes como Orlando Bosch (*5).
Como reacción ante esta derrota militar, el Presidente Kennedy organizó una serie de ataques terroristas conocida como Operación Mangosta (Mongoose, en inglés), y que consistía en la quema de cosechas, bombardeos aéreos al estilo hit and run, asesinatos e intentos de asesinatos, sabotaje, etc. Orlando Bosch estuvo muy activo en estos ataques.
Ante este panorama, el gobierno de Castro pactó con el gobierno de la Unión Soviética, y colocó en suelo cubano varios misiles atómicos. La crisis que provocó la ubicación de los misiles fue muy seria: no es exagerado decir que las dos potencias militares más grandes (EEUU y URSS) estuvieron a punto de irse a la guerra atómica por culpa de los misiles cubanos. Luego de la Crisis de los Misiles, y con tal de que Castro sacara las armas de Cuba, los Estados Unidos dejaron de apoyar abiertamente estas actividades terroristas, muy a pesar de los comandos cubanos del exilio, quienes continuaron los ataques desde la clandestinidad. Entre estos comandos se encontraba Bosch.
En décadas subsiguientes, y siempre con la mira de derribar al gobierno castrista, Orlando Bosch se alió con distintos gobiernos anticomunistas. Participó en la infame Operación Cóndor, estrechó lazos con la policía secreta de Pinochet, la AAA de Argentina, y se lo ha implicado, entre otros tantos atentados, con el asesinato del economista chileno Orlando Letelier, en Washington.
Entre las decenas de actos terroristas que el FBI le imputa a Bosch, solo mencionaré aquí dos tipos: ataques a aviones y ataques cometidos en Puerto Rico.
El 6 de octubre de 1976, explotaron dos bombas en el vuelo 455 de Cubana de Aviación. La nave salía de la isla de Barbados con 73 tripulantes y se estrelló luego de que dos artefactos explosivos estallaran en el baño de pasajeros. Entre las víctimas estaba el equipo de esgrima cubano, pero había también nacionales de otros países.
Se cree que Bosch planificó el ataque junto a sus colaboradores desde Venezuela. Un documento desclasificado de la CIA informa que un mes antes del ataque, Bosch llegó a Venezuela, protegido por el Presidente Carlos Andrés Pérez (*6), a quien Bosch le prometió un alto al fuego de su grupo. El propósito del atentado era desestabilizar el gobierno de Fidel Castro mediante un ataque a cualquier persona o gobierno que mantuviera una comunicación con el gobierno de Castro.
El vuelo 455 era civil. Al Dr. Bosch le han preguntado qué opina del hecho de que hayan muerto 73 civiles en el ataque, a lo que él ha contestado que todos los aviones de Castro son blancos de guerra. Bosch explica su punto de vista de la siguiente forma: los cubanos nunca han sido buenos en esgrima, y estos deportistas habían ganado medallas de oro. Era una gloria para Fidel, según el Dr. Bosch, y había que destruirla.
Luego de una breve encarcelación en Venezuela, Bosch llega a los Estados Unidos. Nadie en el FBI ni en la CIA dudaba de su culpabilidad. Por ejemplo, el Fiscal General Asociado del Departamento de Justicia calificó a Bosch de “un terrorista a quien no controlan las leyes ni la decencia, que amenaza e inflige violencia sin considerar la identidad de sus víctimas” (NYT 9/5/2005). El ex-Procurador General norteamericano Dick Thornburgh, además, lo describe como “un terrorista que no se ha reformado” (Bardach, “Our Man’s in Miami”). Semejante personaje llegó al sur de la Florida y fue arrestado. Ante la petición de varios países, el Departamento de Justicia norteamericano se dispuso a extraditar a Bosch.
Ahora bien, a pesar de los intentos del Departamento de Justicia, a Bosch no se le acusó formalmente de terrorismo en los Estados Unidos; esto se debe a que el entonces presidente George Bush padre desestimó los cargos y le ofreció un perdón a Bosch, quien actualmente reside en Miami.
La historia a veces es adepta de repeticiones y paralelismos. El ataque del vuelo 455 fue el atentado de terrorismo internacional más grande del hemisferio americano hasta el de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001(Bardach, Cuba Confidential) (*7). El Presidente Bush padre, como queda dicho, sacó de la cárcel al culpable de estos actos. Años más tarde, a Bush hijo le tocó dirigir el país cuando otro grupo extremista cometió otro acto terrorista justamente mediante un ataque a un avión civil. Mientras que W. Bush se proponía combatir el terrorismo, en suelo estadounidense caminaba y aún camina, libre e impune, quien se precia de tener el segundo lugar en la lista de “terroristas más peligrosos”. Se ha comentado bastante que, bajo su conocido lema de “aquellos que cobijan a los terroristas son igual de terroristas”, el Presidente Bush podría ser llevado a corte (e.g., Campbell).
Pero el atentado del vuelo 455 no ha sido la única acción violenta de Orlando Bosch. El FBI lo vincula con al menos 30 otros actos terroristas. La mayoría de estos han tenido como escenario a Miami y a Puerto Rico. Me limito aquí a los ataques en nuestra isla.
El primer ataque fue en septiembre del 1968, cuando estalla una bomba en un barco español, en las costas de Puerto Rico; en marzo y diciembre del 1977, el Consulado de Venezuela recibió dos bombazos; en octubre de 1978, hubo bombazos en dos agencias de viaje, en Hato Rey y Río Piedras; en diciembre de ese mismo año, una bomba en las oficinas de Varadero Travel; finalmente, el 4 de abril del 1979 muere Carlos Muñiz Varela, director de Varadero Travel. La muerte de Muñiz Varela, achacada a una de las células que se recogen bajo la organización paraguas que capitanea Bosch (CORU: Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas), es uno de los crímenes políticos más notorios de la segunda mitad del siglo XX en Puerto Rico.
Como otros tantos terroristas de distintas nacionalidades, Orlando Bosch camina por las calles de Miami. Pinta cuadros; escribe versos. La derecha más recalcitrante de Estados Unidos le ha brindado su apoyo. Tanto es así que en 1983, Demetrio Pérez, comisionado del Consejo Educativo de Miami, propuso celebrar el “Orlando Bosch Day” para reconocer la labor de este “activista”. Ya no será, como anunciaba el Esteban Lamela (*8), “el sustituto de Castro”, pero se está tomando unas muy merecidas vacaciones luego de una vida activa al servicio de la violencia indiscriminada.
Así que tenemos a una persona que planifica y comete actos terroristas en suelo estadounidense (en Washigton, Miami y Puerto Rico) dirigidos contra ciudadanos estadounidenses. ¿Por qué, entonces, el mandatario estadounidense le concede un perdón presidencial?
Se ha hablado mucho del vínculo entre la familia Bush y los sectores más extremistas de la comunidad cubana de Florida. La campaña política de la senadora cubanoamericana Ileana Ros-Lehtinen, quien prometió proteger a Bosch, fue manejada por Jeb Bush, hijo del primer Presidente Bush, hermano del segundo Presidente Bush. Jeb Bush fue gobernador de la Florida en el 2000, año electoral en que George W. llegó a la Casa Blanca, gracias a Florida. O sea, Bush I libera a Bosch a petición de Jeb Bush, quien hace que su hermano Bush II llegue a la presidencia. Parece un trabalenguas de corrupción (*9).
Ahora, no se trata solamente de un trueque de favores políticos. Para entender la protección que Orlando Bosch ha recibido en los Estados Unidos, hay que recordar que nuestro país ha llegado a grandes extremos en su lucha por destruir el comunismo que identifica con Fidel Castro. La invasión dominicana del 1965 y la Operación Mangosta violan leyes nacionales e internacionales: la Política del Buen Vecino (Good Neighboor Policy) de Roosevelt y las disposiciones de no intervención de la OEA y la ONU; todo por impedir, en palabras de Kennedy, que otros países del Caribe siguieran el ejemplo de la Cuba castrista. El apoyo a Orlando Bosch es uno de los eslabones de esta cadena.
¿Pero cuál es ese ejemplo de la Cuba castrista? ¿Qué querían impedir los Estados Unidos? La Cuba de Castro es el escenario de muchos abusos, y su récord de violaciones a las libertades civiles es muy lamentable. Pero, teniendo en cuenta que los Estados Unidos han sido colaboradores de, por ejemplo, Rafael Trujillo (entre varios más), ante cuyos crímenes palidece la salvajada más detestable del gobierno de Fidel, no puede ser que hayan llegado a tan grandes extremos por su amor a la libertad. Ya casi no provoca conmoción afirmar que el ejemplo de la Cuba castrista que ha combatido largamente nuestro gobierno ha sido uno de independencia política y económica. Ante la amenaza de gobiernos que pretendan defender el desarrollo nacional por sobre el del capital extranjero, no ha habido otro remedio. Digámoslo de otra manera: para ahuyentar a la figura de Juan Bosch se ha tenido que recurrir a figuras como la de Orlando Bosch.
El 18 de mayo del 2005, 20 miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos le pidieron al entonces Presidente Bush que extraditara a Luis Posada Carriles, el compañero terrorista de Bosch. El Presidente Bush hizo caso omiso por dos razones. La primera razón, que ya queda comentada, es la relación de su familia con la derecha cubana. La segunda razón para no extraditar a Posada la da su abogado: de ser extraditado, podría ser torturado por el gobierno venezolano. Esta segunda objeción es muy dudosa, ya que —como dicen los congresistas en su carta— los Estados Unidos extraditan acusados a Siria, Egipto, Jordán y Marruecos, cuyos credenciales de derechos humanos son desastrosos, mientras que la constitución de Venezuela prohíbe la tortura abiertamente.
Recordemos además que la administración de Bush preparó un elaborado aparato legal que precisamente justifica el uso de tortura, por lo que esta objeción no debió quitarle el sueño al entonces Presidente. Sea cual fuere la razón, Bush se negó. Pero eso era George Bush; ¿y qué del Presidente que tenemos hoy?
De seguro el Presidente Obama ha escuchado de la invasión dominicana del 1965, y de los actos terroristas que nuestro gobierno ejecutó en distintos países del Caribe. Como heredero de la lucha en contra del terrorismo, prometió cerrar la cárcel de Guantánamo, en donde abiertamente se tortura, pero aún sin resultados. Tampoco ha respondido a la petición que una vez más hace el gobierno venezolano de extraditar a Posada (Romero y Cave). Ahora, lo que sí hizo fue designar a Cuba como un país que refugia terroristas (*10).
Debo terminar, porque esta lógica me sobrecoge. Los Estados Unidos cometen actos terroristas en contra de Cuba; además cometen tortura dentro de Cuba. Se niegan a extraditar a un terrorista cubano por miedo a que lo torturen y luego designan a Cuba como un país terrorista. Por este nuevo trabalenguas de corrupción le damos las gracias a Obama.
El derrocado presidente dominicano debió exiliarse de su país y Puerto Rico lo recibió con calor y respeto. Fue amigo de José Luis González y Muñoz Marín; vivió en Aguas Buenas. Desde el exilio, y a lo largo de los años, su visión de la política se fue recrudeciendo a medida que observaba los zarandeos de la política norteamericana en el Caribe, esas dos alas que se abren sobre las aguas que nos rodean. Al dedicarle la Semana de la Lengua a Juan Bosch reconocemos su gestión como prosista, pero también como un personaje importante en la historia de nuestras antillas. El nombre de Bosch está atado al pasado caribeño, pero debemos reconocer que también a nuestro presente.
NOTAS
*1 El reportaje de Time lee de la siguiente forma: “Four days after 21 Latin American nations, gathered in Costa Rica, voted to break diplomatic relations with Trujillo and impose economic sanctions against the Dominican dictatorship, the U.S. moved to comply” (5 de septiembre de 1960). El favor estadounidense de Trujillo dependía, según Rabe, de su claro anticomunismo (51) y amainó en parte a raíz de la hostilidad entre el dictador dominicano y Rómulo Betancourt, de Venezuela (53).
*2 Balaguer “had been the nominal president under Trujillo”.
*3 El mismo Bosch recuerda el artículo 15 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos de 1948 que es, de hecho, ilegal el que un estado intervenga “directa o indirectamente, por ninguna causa, en los asuntos internos o externos de cualquier otro estado”. El ensayo de Bosch se titula, irónicamente, “Fidel Castro o la nueva etapa histórica del Caribe”. Luego de conocer la ilegalidad de su intervención, Johnson trató de “internacionalizarla” usando efectivos de otros países (White 3). Para un análisis detallado sobre el aspecto ilegal de la intervención, véase Wilson.
*4 Bosch era anticomunista, pero a diferencia de otros mandatarios de la región, no criminalizó los partidos comunistas de su país. De otra parte, sospechar de los vínculos comunistas de quienquiera, en las décadas de la Guerra Fría, no era ninguna anomalía. Al mismo Muñoz Marín, por ejemplo, lo carpetearon por posible comunista. Si bien el PPD recibió a un buen grupo de miembros del PCP, al crearse el vacío de liderato de Albizu (Palau Suárez 25), la acusación de comunista que recibe Muñoz es ya producto de la histeria.
*5 El dominicano Juan Bosch tiene un ensayo sucinto e informativo de esta invasión que presagió, en cierta manera, la invasión en la que se implicó su país. La deposición de Arbenz en Guatemala dio pie a la invasión de Playa Girón, la cual dio pie a la invasión dominicana. Sin mencionar la de su país, comenta Bosch que “la Historia enseñaba que todo lo que había sucedido en un país del Caribe tendería a suceder más tarde o más temprano en los demás, y que cada acontecimiento importante estaba encadenado a uno anterior” (368).
*6 Le hacen una escena de recaudación de fondos a la que asisten exiliados cubanos y un miembro del gobierno venezolano. Bosch le sugirió al ministro venezolano que, de recibir fondos de su gobierno, las células terroristas anticastristas no se manifestarían en los Estados Unidos durante la aparición del Presidente Pérez ante la ONU. Cuando arrestan a Bosch y a Posada Carriles en Venezuela, el Presidente Pérez promete cooperar con la investigación de la explosión del vuelo 455 de Cubana, con tal de que el gobierno de Castro apoyara la posición antiterrorista de Venezuela ante la ONU.
*7 “Until 9/11, the [Orlando] Letelier-Moffitt assassination was known as the most significant act of international terrorism ever committed in the capital city of the United States”, reza la página del National Security Archive. Así que, con su participación en el caso Letelier, Bosch ocupa el segundo lugar en este otro apartado. Hace unas semanas el NSA publicó un documento que implica a Henry Kissinger con la muerte de Leteliler (Kornbluh, “Henry Kissinger”).
*8 Lamela (qué pequeño es el mundo) trabajó en Voice of America, la agencia oficial de propaganda norteamericana, en donde había trabajado Vallimarescu.
*9 El abogado de Orlando Bosch (nieto de Fulgencio Batista) llegaría a la Corte Suprema de Florida nominado por Jeb Bush. Otro prominente exiliado cubano del partido republicano, Otto Reich, fue embajador de Venezuela, y cabildeó por la libertad de Bosch. Reich sostuvo cargos diplomáticos muy importantes bajo el gobierno de los Bush; ha recibido baqueo económico de la empresa Bacardí. Ninguno de estos datos es un secreto clasificado ni nada por el estilo.
*10 Las acciones terroristas, dice el reporte del gobierno, son proteger a organizaciones como las FARC y dejar que ronden las calles cubanas exmiembros del Black Panther Party y los Macheteros. Obama hasta le negó una visa al cantautor Silvio Rodríguez, quien iba a New York a cantar en la celebración del 90 cumpleaños de Pete Seger (Robinson). El Representante de Florida Connie Mack fue un tanto más lejos e instó a Obama a incluir a Venezuela en la lista, cosa que no sucedió. Hace unas semanas, ante el ridículo que provocó aún entre partidarios de Obama, se invalidó la lista oficial.
TEXTOS CITADOS
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En el capítulo 24 de la biografía del Presidente Kennedy, Arthur M. Schlesinger, Jr., comenta los esfuerzos de la Alianza del Progreso (el proyecto para Latinoamérica de Kennedy) por crear una “revolución democrática” para contrastar la fascinación que producía, en distintas partes del hemisferio, la Revolución Cubana. La Alianza del Progreso admitía a políticos de diversas orientaciones, desde José Figueres de Costa Rica (un demócrata liberal) hasta los dictadores de Paraguay y Haití, Stroessner y Duvalier. Según comenta su biógrafo, el modelo que Kennedy quería promulgar para América Latina estaba copiado parcialmente del Puerto Rican experience, por lo que no es sorprendente que tanto Muñoz Marín como Teodoro Moscoso, Arturo Morales Carrión y otros formaran parte de los esfuerzos anticomunistas del gobierno norteamericano. Para entender lo que se dirá más adelante es importante entender que la relación de Estados Unidos y América Latina desde la presidencia de Kennedy tiene como meta combatir lo que representaba la amenaza de Fidel Castro.
Un año antes de su muerte, y luego de haber aterrado la República Dominicana despiadadamente por 30 años, el dictador Rafael Leónidas Trujillo perdió el apoyo de los Estados Unidos (*1). Las relaciones venían deteriorando, pero los excesos de Trujillo terminaron de empachar a los norteamericanos. Harta ya de las vergüenzas que le hacía pasar su antiguo aliado, la CIA planifica la muerte de Trujillo, pero resulta que unos dominicanos se le adelantan y matan al dictador.
Trujillo tenía a la República Dominicana muy sujetada. Es obvio que luego de su asesinato, se abriese un vacío de poder. Algunos miembros de la familia del dictador se aferraron al mando del país, pero entre una cosa y otra terminaron exiliándose. El gobierno de that lovely but tragic old Spanish island (como la llama Schlesinger) cae en manos de Joaquín Balaguer, quien había sido el presidente simbólico de la República Dominicana regida por Trujillo (Schlesinger 769) (*2).
Ante la inestabilidad en el poder dominicano, el Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, examina la situación realistamente y llega a su famosa conclusión: “Hay tres posibilidades, en orden de preferencia: un régimen democrático decente, una continuación del régimen de Trujillo o un régimen castrista. Debemos apuntar hacia el primero, pero realmente no podemos renunciar al segundo hasta que no estemos seguros de que podemos evitar el tercero” (769, mi traducción). Esto se refiere a que, con tal de evitar algo que se parezca a Fidel Castro, estaban dispuestos a apoyar a alguien que se pareciera a Trujillo. Pues, bien. Balaguer era, a los ojos de Kennedy, esa continuación de Trujillo que resultaba cómoda a los intereses estadounidenses.
Anticipando sin saberlo la invasión de su sucesor, Kennedy mandó un barco militar a la República Dominicana con 1,800 marines, por si Balaguer los pedía (Schlesinger 771). Este punto es revelador, ya que se tiende a pensar que la invasión norteamericana fue un capricho de Lyndon Johnson, el sucesor de Kennedy. Cada presidente aportó a la causa y adelantó un paso de la invasión dominicana: el Presidente Eisenhower la avaló por escrito (Rabe 55), el Presidente Kennedy envió soldados a rondar la isla, y el Presidente Johnson irrumpió ya finalmente en Santo Domingo.
En diciembre de 1962 se llevan a cabo las elecciones de la República Dominicana: las primeras elecciones limpias en la historia de ese país. Muchos políticos norteamericanos veían estas elecciones con malos ojos. Serban Vallimarescu, por ejemplo, quien fungió en varios cargos diplomáticos en la República Dominicana, se opuso a la idea de las elecciones. Una población de 75% analfabetas bajo 40 años de represión, creía Vallimarescu, no iba a tener la menor idea de qué era la democracia, y mediante una elección pondría en riesgo a la junta militar, que a este diplomático le parecía decente y civilizada. Comenta que se difundieron panfletos y comic books para enseñarles a votar a los dominicanos. Los temores de Vallimarescu estaban bien fundados, porque el pueblo dominicano eligió a Juan Bosch, “someone I never trusted”, como explica el diplomático. La desconfianza de Vallimarescu (y del resto de la administración de Kennedy) tenía una base sólida.
En una charla inaugural, el Presidente Bosch denunció los tres sectores de la sociedad dominicana que usualmente habían asfixiado al pueblo: la iglesia, las fuerzas armadas y la oligarquía. A estos grupos les causaron gran incomodidad las reformas a favor de los intereses de la población dominicana: e.g., el que le abriera al país una línea de crédito en Suecia (esto le restaba control a los Estados Unidos) y el que cancelara un contrato con Esso Oil Company (Chomsky 150). Bosch además se distinguió por la forma agresiva en que combatió la corrupción del gobierno.
Vallimarescu señaló que Bosch había cometido suicidio político y, luego de escuchar el discurso inaugural, le pronosticó un máximo de ocho meses a su mandato. Tenía razón, después de todo, en que las elecciones eran una mala idea. En el Norte se tiende a pensar que los países del Sur pueden votar con tal de que voten por la persona correcta. En este sentido, Vallimarescu no se alejaba demasiado de la opinión del futuro Presidente Nixon, quien creía que la democracia estaba bien, pero no para aquellos que carecieran de “madurez política” (Rabe 50). Carecer de madurez política se traduce en votar por alguien que desafía la iglesia, las fuerzas armadas y la oligarquía, por eso de quedarnos con el caso dominicano.
Para Arthur Schlesinger (mano derecha de Kennedy), Juan Bosch no era el mejor candidato para su país, y hubiese preferido a alguien como Muñoz Marín. Aunque acepta que Balaguer era una suerte de monigote de Trujillo, Kennedy se va convenciendo de que es la única herramienta que tenía Washington. Ante los ojos de Washington, explica Schlesinger, Bosch funcionaba mejor como un escritor de cuentitos que como un mandatario fiable (773). El hecho de que los dominicanos hubiesen votado por él, se sobreentiende, es secundario.
Finalmente, en septiembre de 1963, a solo siete meses de su mandato, el gobierno de Juan Bosch recibe un golpe de estado. Se instalan en el poder varios líderes militares. Obviamente, se cancelan las reformas de Bosch.
Eran tiempos agitados. Casi dos meses más tarde, al Presidente Kennedy lo asesinan en Dallas.
Vallimarescu cuenta que él fue uno de los pocos miembros del gobierno estadounidense que se quedaron en la isla después del golpe de estado dominicano. Narra la misa que le hicieron los miembros del triunvirato militar a la memoria de Kennedy. A petición de Donald Reid Cabral, quien había heredado la presidencia del triunvirato (y que estaba al mando de la República), el diplomático Vallimarescu intercedió ante sus superiores. El nuevo Presidente norteamericano, Lyndon B. Johnson, no perdió tiempo y reanudó las relaciones diplomáticas con los militares dominicanos. Todo parecía de vuelta a la normalidad.
Ahora, en abril del 1965 (año y medio después del golpe de estado), unas facciones de las fuerzas armadas dominicanas se rebelan en contra del liderazgo militar. La revuelta, a la que se le unió una gran parte de la población, tenía una meta bien clara: devolver a Juan Bosch, el presidente legítimo, al mando del país. Con el objetivo claro de impedir que eso sucediera, Lyndon Johnson envió 23,000 soldados norteamericanos a la República Dominicana.
La intervención fue masiva. El mismo Bosch escribe que el equipo que entraba en Santo Domingo era tan pesado como el que se llevó al desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial (408). El Mayor Lawrence Greenberg, del US Army Center for Military History, explica que las fuerzas aéreas norteamericanas dispusieron de todas las unidades de transporte que al momento no se encontraban en el Sureste asiático; Greenberg calcula que aterrizaba, como promedio, un avión cada cinco minutos (19). La presencia de las tropas, continúa Greenberg, tenía como propósito, entre otras cosas, “to bolster sagging Loyalist morale” (21): esto es, darle refuerzos al triunvirato militar que ocupaba el lugar de Bosch.
Se estima que murieron alrededor de 3,000 dominicanos, en su mayoría civiles.
Vallimarescu trabajó como portavoz de prensa del gobierno norteamericano en la isla. El diplomático comenta que los militares norteamericanos eran muy parcos con la información, lo que no le impidió que se refiriera a Camaaño, el principal militar aliado a Bosch, como “el enemigo”. Llamar “enemigo” a Camaaño o algún otro miembro de las fuerzas constitucionalistas fue muy sincero, ya que ponía de manifiesto claramente las alianzas del gobierno estadounidense.
Villamarescu comenta que él, que era la persona que se supone que informara al gobierno de lo que sucedía en las calles de Santo Domingo durante esta guerra civil, se enteraba de la situación a través de las noticias que llegaban de Washington. ¿Cómo era posible que el portavoz del gobierno fuera la persona menos informada? Villamarescu explica: “Johnson quería probar algo —quería probar que esto había surgido de Cuba, quería probar que Camaaño era un hijo de puta y estaba matando gente— y publicaron cosas que no se podían verificar. Algunos de los supuestos agentes cubanos o no existían o estaban muertos” (la traducción es mía).
Unos días después de la invasión (el 2 de mayo de 1965), en su discurso acerca de la situación de la República Dominicana, el Presidente Johnson explicó las razones por las cuales los Estados Unidos intervinieron en la Dominicana. Johnson reitera que es consciente de que no se debe intervenir en los asuntos externos de otros países (esto es ilegal) (*3), pero comenta que ha tenido que tomar esta decisión difícil (hard) por dos razones: en primer lugar, la vida de muchos ciudadanos norteamericanos corría peligro y, en segundo lugar, en la República Dominicana existía una alarmante amenaza comunista. La imagen que pinta Johnson en su discurso es la siguiente: por un lado están los opositores de Bosch, quienes formaron un comité militar en un esfuerzo por controlar el país, y por otro lado están quienes —en nombre de Bosch— se tiraron a las calles para hacer una revuelta. A todas estas, explica Johnson, “the United States was making a constant effort to restore peace”. El Presidente intentó dejar claro que es solo por las más nobles intenciones que los Estados Unidos intervienen en los asuntos de otros países. La ilegalidad de la acción quedó justificada con el argumento de la buena intención.
Johnson (muy sabiamente) evita relacionar a Juan Bosch con el comunismo; el culpable no es Bosch, sino “a band of Communist conspirators”, quienes presentan una amenaza al hemisferio (*4). Estos enemigos de la libertad, entrenados por Fidel Castro, quieren reinstalar a Bosch con una doble agenda, y son estos quienes atentan en contra de la vida de los norteamericanos. Johnson cita a su predecesor Kennedy, quien había dicho: “We in this hemisphere must also use every resource at our command to prevent the establishment of another Cuba in this hemisphere”.
Escribe Juan Bosch que a Johnson “se le hizo decir que en las calles de la capital dominicana había miles de cuerpos decapitados [cuyos] cuerpos eran paseadas en puntas de lanzas [...] se le hizo decir que la revolución era comunista y luego se presentó una lista de 51 comunistas dominicanos, lo que provocó la risotada en todo el mundo” (408). Ya hoy día nadie cree que existía una amenaza comunista en la República Dominicana. El historiador militar Greenberg comenta que, de la lista original de comunistas que presentó la CIA, 5 nombres estaban repetidos y varios otros estaban muy superficialmente asociados con el comunismo (28, nota 15). La prisa y la chapucería con la que se construyó la evidencia falsa son realmente asombrosas.
En el mensaje del Presidente Johnson estaba claro que el comunismo es el enemigo de la libertad, mientras que los Estados Unidos son los defensores de la libertad. El hecho de que Bosch, el presidente legítimo de la tragic little island (esta vez son las palabras de Johnson), no fuese comunista, tampoco importa en lo más mínimo. Importaban solo las buenas intenciones norteamericanas de liberar a la República.
Por alguna razón, quizás por cinismo, Johnson cierra su discurso con una cita nada menos que de Simón Bolívar. Aunque no es esta la cita que da Johnson, todos recordamos que Bolívar había dicho: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad”.
Arthur Schlesinger ha explicado que, en los siete breves meses que estuvo en el poder, el gobierno de Bosch no había podido transformar por completo la sociedad postrijullista. Además, que no era lo suficientemente anticastrista. Además, que era incapaz de entusiasmar a la ciudadanía. Esto último es lo menos cierto de todo, ya que Bosch había arrasado en las elecciones, y provocó una movilización masiva para restaurarlo ya una vez los militares lo sacaron del poder. El entusiasmo que provocaba la figura de Bosch llevó a la sociedad dominicana a la guerra civil.
Otro célebre diplomático, Ellsworth Bunker, expone su versión de la figura de Bosch en los siguientes términos: “Para ese entonces estaba bastante errático. Había llegado a esa etapa de la vida. Sí, era verdaderamente —yo disfrutaba ir a verlo, pero él estaba bastante desorientado —off the mark” (24). Bosch “se presentaba a sí mismo como el futuro salvador de su país” (23). Bunker era, además de político, el presidente de la National Sugar Refining Co. Explica Eduardo Galeano que, en su faceta de empresario, Bunker supervisó de cerca los intereses de la compañía azucarera en suelo dominicano, luego de la intervención (122).
Finalmente, cuando se logra vencer a los partidiarios de Bosch, nombran temporeramente a Héctor García Godoy, a man of integrity, a la presidencia. En el 1966 García Godoy llama a nuevas elecciones en la República, en las que Juan Bosch se volvió a postular. En su defensa de Bosch, el pueblo dominicano había sufrido problemas con los militares, una invasión extranjera y una guerra civil. El mensaje estaba claro y la población entendió por quién debía votar: por Joaquín Balaguer.
En síntesis, resumo rápidamente lo dicho hasta aquí: luego de 30 años de la dictadura horrible de Trujillo, por fin se hicieron unas elecciones libres en las que ganó un candidato honesto: Juan Bosch. Las fuerzas tiranas le hacen un golpe de estado a Bosch y reinstalan el mando trujillista y, cuando un movimiento legitimista intenta devolver a Bosch al poder, los Estados Unidos intervienen a favor de los golpistas. Esta es una violación de varias leyes internacionales. Luego de la debacle, se llevan a cabo nuevas elecciones en las que ganó un antiguo partidario del dictador Trujillo.
No ha faltado quien ha encontrado paralelismos entre este caso y uno mucho más reciente: el de la nación caribeña de Honduras. Un candidato democrático liberal con tendencias de justicia social es expulsado por un golpe de estado militar, con el aval más o menos explícito de los Estados Unidos. Cuando se hacen nuevas elecciones (innecesarias y posiblemente ilegales, ya que el término de las anteriores no había concluido), el pueblo, amedrentado, vota por un candidato de derecha, solícito con las inversiones extranjeras desenfrenadas.
Paso ahora a considerar el caso de otra persona de apellido Bosch: se trata de un pediatra cubano que con los años se llegó a convertir en un terrorista famoso. El Dr. Orlando Bosch tiene una lista larga de atentados a su haber, muchos de los cuales él mismo ha confesado. Al igual que otros militantes que han diversificado sus carreras hacia el terrorismo, Bosch fue entrenado por la CIA. El pediatra y sus secuaces estuvieron activos en la campaña con la que nuestro gobierno atacó a Cuba por mucho tiempo.
Repasemos la historia. Unos años antes de la invasión dominicana, los Estados Unidos invadieron a Cuba (1961). El suceso se conoce como la Invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón. Las fuerzas del ejército cubano rechazaron y vencieron a los invasores, entre los que se hallaban personajes como Orlando Bosch (*5).
Como reacción ante esta derrota militar, el Presidente Kennedy organizó una serie de ataques terroristas conocida como Operación Mangosta (Mongoose, en inglés), y que consistía en la quema de cosechas, bombardeos aéreos al estilo hit and run, asesinatos e intentos de asesinatos, sabotaje, etc. Orlando Bosch estuvo muy activo en estos ataques.
Ante este panorama, el gobierno de Castro pactó con el gobierno de la Unión Soviética, y colocó en suelo cubano varios misiles atómicos. La crisis que provocó la ubicación de los misiles fue muy seria: no es exagerado decir que las dos potencias militares más grandes (EEUU y URSS) estuvieron a punto de irse a la guerra atómica por culpa de los misiles cubanos. Luego de la Crisis de los Misiles, y con tal de que Castro sacara las armas de Cuba, los Estados Unidos dejaron de apoyar abiertamente estas actividades terroristas, muy a pesar de los comandos cubanos del exilio, quienes continuaron los ataques desde la clandestinidad. Entre estos comandos se encontraba Bosch.
En décadas subsiguientes, y siempre con la mira de derribar al gobierno castrista, Orlando Bosch se alió con distintos gobiernos anticomunistas. Participó en la infame Operación Cóndor, estrechó lazos con la policía secreta de Pinochet, la AAA de Argentina, y se lo ha implicado, entre otros tantos atentados, con el asesinato del economista chileno Orlando Letelier, en Washington.
Entre las decenas de actos terroristas que el FBI le imputa a Bosch, solo mencionaré aquí dos tipos: ataques a aviones y ataques cometidos en Puerto Rico.
El 6 de octubre de 1976, explotaron dos bombas en el vuelo 455 de Cubana de Aviación. La nave salía de la isla de Barbados con 73 tripulantes y se estrelló luego de que dos artefactos explosivos estallaran en el baño de pasajeros. Entre las víctimas estaba el equipo de esgrima cubano, pero había también nacionales de otros países.
Se cree que Bosch planificó el ataque junto a sus colaboradores desde Venezuela. Un documento desclasificado de la CIA informa que un mes antes del ataque, Bosch llegó a Venezuela, protegido por el Presidente Carlos Andrés Pérez (*6), a quien Bosch le prometió un alto al fuego de su grupo. El propósito del atentado era desestabilizar el gobierno de Fidel Castro mediante un ataque a cualquier persona o gobierno que mantuviera una comunicación con el gobierno de Castro.
El vuelo 455 era civil. Al Dr. Bosch le han preguntado qué opina del hecho de que hayan muerto 73 civiles en el ataque, a lo que él ha contestado que todos los aviones de Castro son blancos de guerra. Bosch explica su punto de vista de la siguiente forma: los cubanos nunca han sido buenos en esgrima, y estos deportistas habían ganado medallas de oro. Era una gloria para Fidel, según el Dr. Bosch, y había que destruirla.
Luego de una breve encarcelación en Venezuela, Bosch llega a los Estados Unidos. Nadie en el FBI ni en la CIA dudaba de su culpabilidad. Por ejemplo, el Fiscal General Asociado del Departamento de Justicia calificó a Bosch de “un terrorista a quien no controlan las leyes ni la decencia, que amenaza e inflige violencia sin considerar la identidad de sus víctimas” (NYT 9/5/2005). El ex-Procurador General norteamericano Dick Thornburgh, además, lo describe como “un terrorista que no se ha reformado” (Bardach, “Our Man’s in Miami”). Semejante personaje llegó al sur de la Florida y fue arrestado. Ante la petición de varios países, el Departamento de Justicia norteamericano se dispuso a extraditar a Bosch.
Ahora bien, a pesar de los intentos del Departamento de Justicia, a Bosch no se le acusó formalmente de terrorismo en los Estados Unidos; esto se debe a que el entonces presidente George Bush padre desestimó los cargos y le ofreció un perdón a Bosch, quien actualmente reside en Miami.
La historia a veces es adepta de repeticiones y paralelismos. El ataque del vuelo 455 fue el atentado de terrorismo internacional más grande del hemisferio americano hasta el de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001(Bardach, Cuba Confidential) (*7). El Presidente Bush padre, como queda dicho, sacó de la cárcel al culpable de estos actos. Años más tarde, a Bush hijo le tocó dirigir el país cuando otro grupo extremista cometió otro acto terrorista justamente mediante un ataque a un avión civil. Mientras que W. Bush se proponía combatir el terrorismo, en suelo estadounidense caminaba y aún camina, libre e impune, quien se precia de tener el segundo lugar en la lista de “terroristas más peligrosos”. Se ha comentado bastante que, bajo su conocido lema de “aquellos que cobijan a los terroristas son igual de terroristas”, el Presidente Bush podría ser llevado a corte (e.g., Campbell).
Pero el atentado del vuelo 455 no ha sido la única acción violenta de Orlando Bosch. El FBI lo vincula con al menos 30 otros actos terroristas. La mayoría de estos han tenido como escenario a Miami y a Puerto Rico. Me limito aquí a los ataques en nuestra isla.
El primer ataque fue en septiembre del 1968, cuando estalla una bomba en un barco español, en las costas de Puerto Rico; en marzo y diciembre del 1977, el Consulado de Venezuela recibió dos bombazos; en octubre de 1978, hubo bombazos en dos agencias de viaje, en Hato Rey y Río Piedras; en diciembre de ese mismo año, una bomba en las oficinas de Varadero Travel; finalmente, el 4 de abril del 1979 muere Carlos Muñiz Varela, director de Varadero Travel. La muerte de Muñiz Varela, achacada a una de las células que se recogen bajo la organización paraguas que capitanea Bosch (CORU: Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas), es uno de los crímenes políticos más notorios de la segunda mitad del siglo XX en Puerto Rico.
Como otros tantos terroristas de distintas nacionalidades, Orlando Bosch camina por las calles de Miami. Pinta cuadros; escribe versos. La derecha más recalcitrante de Estados Unidos le ha brindado su apoyo. Tanto es así que en 1983, Demetrio Pérez, comisionado del Consejo Educativo de Miami, propuso celebrar el “Orlando Bosch Day” para reconocer la labor de este “activista”. Ya no será, como anunciaba el Esteban Lamela (*8), “el sustituto de Castro”, pero se está tomando unas muy merecidas vacaciones luego de una vida activa al servicio de la violencia indiscriminada.
Así que tenemos a una persona que planifica y comete actos terroristas en suelo estadounidense (en Washigton, Miami y Puerto Rico) dirigidos contra ciudadanos estadounidenses. ¿Por qué, entonces, el mandatario estadounidense le concede un perdón presidencial?
Se ha hablado mucho del vínculo entre la familia Bush y los sectores más extremistas de la comunidad cubana de Florida. La campaña política de la senadora cubanoamericana Ileana Ros-Lehtinen, quien prometió proteger a Bosch, fue manejada por Jeb Bush, hijo del primer Presidente Bush, hermano del segundo Presidente Bush. Jeb Bush fue gobernador de la Florida en el 2000, año electoral en que George W. llegó a la Casa Blanca, gracias a Florida. O sea, Bush I libera a Bosch a petición de Jeb Bush, quien hace que su hermano Bush II llegue a la presidencia. Parece un trabalenguas de corrupción (*9).
Ahora, no se trata solamente de un trueque de favores políticos. Para entender la protección que Orlando Bosch ha recibido en los Estados Unidos, hay que recordar que nuestro país ha llegado a grandes extremos en su lucha por destruir el comunismo que identifica con Fidel Castro. La invasión dominicana del 1965 y la Operación Mangosta violan leyes nacionales e internacionales: la Política del Buen Vecino (Good Neighboor Policy) de Roosevelt y las disposiciones de no intervención de la OEA y la ONU; todo por impedir, en palabras de Kennedy, que otros países del Caribe siguieran el ejemplo de la Cuba castrista. El apoyo a Orlando Bosch es uno de los eslabones de esta cadena.
¿Pero cuál es ese ejemplo de la Cuba castrista? ¿Qué querían impedir los Estados Unidos? La Cuba de Castro es el escenario de muchos abusos, y su récord de violaciones a las libertades civiles es muy lamentable. Pero, teniendo en cuenta que los Estados Unidos han sido colaboradores de, por ejemplo, Rafael Trujillo (entre varios más), ante cuyos crímenes palidece la salvajada más detestable del gobierno de Fidel, no puede ser que hayan llegado a tan grandes extremos por su amor a la libertad. Ya casi no provoca conmoción afirmar que el ejemplo de la Cuba castrista que ha combatido largamente nuestro gobierno ha sido uno de independencia política y económica. Ante la amenaza de gobiernos que pretendan defender el desarrollo nacional por sobre el del capital extranjero, no ha habido otro remedio. Digámoslo de otra manera: para ahuyentar a la figura de Juan Bosch se ha tenido que recurrir a figuras como la de Orlando Bosch.
El 18 de mayo del 2005, 20 miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos le pidieron al entonces Presidente Bush que extraditara a Luis Posada Carriles, el compañero terrorista de Bosch. El Presidente Bush hizo caso omiso por dos razones. La primera razón, que ya queda comentada, es la relación de su familia con la derecha cubana. La segunda razón para no extraditar a Posada la da su abogado: de ser extraditado, podría ser torturado por el gobierno venezolano. Esta segunda objeción es muy dudosa, ya que —como dicen los congresistas en su carta— los Estados Unidos extraditan acusados a Siria, Egipto, Jordán y Marruecos, cuyos credenciales de derechos humanos son desastrosos, mientras que la constitución de Venezuela prohíbe la tortura abiertamente.
Recordemos además que la administración de Bush preparó un elaborado aparato legal que precisamente justifica el uso de tortura, por lo que esta objeción no debió quitarle el sueño al entonces Presidente. Sea cual fuere la razón, Bush se negó. Pero eso era George Bush; ¿y qué del Presidente que tenemos hoy?
De seguro el Presidente Obama ha escuchado de la invasión dominicana del 1965, y de los actos terroristas que nuestro gobierno ejecutó en distintos países del Caribe. Como heredero de la lucha en contra del terrorismo, prometió cerrar la cárcel de Guantánamo, en donde abiertamente se tortura, pero aún sin resultados. Tampoco ha respondido a la petición que una vez más hace el gobierno venezolano de extraditar a Posada (Romero y Cave). Ahora, lo que sí hizo fue designar a Cuba como un país que refugia terroristas (*10).
Debo terminar, porque esta lógica me sobrecoge. Los Estados Unidos cometen actos terroristas en contra de Cuba; además cometen tortura dentro de Cuba. Se niegan a extraditar a un terrorista cubano por miedo a que lo torturen y luego designan a Cuba como un país terrorista. Por este nuevo trabalenguas de corrupción le damos las gracias a Obama.
El derrocado presidente dominicano debió exiliarse de su país y Puerto Rico lo recibió con calor y respeto. Fue amigo de José Luis González y Muñoz Marín; vivió en Aguas Buenas. Desde el exilio, y a lo largo de los años, su visión de la política se fue recrudeciendo a medida que observaba los zarandeos de la política norteamericana en el Caribe, esas dos alas que se abren sobre las aguas que nos rodean. Al dedicarle la Semana de la Lengua a Juan Bosch reconocemos su gestión como prosista, pero también como un personaje importante en la historia de nuestras antillas. El nombre de Bosch está atado al pasado caribeño, pero debemos reconocer que también a nuestro presente.
NOTAS
*1 El reportaje de Time lee de la siguiente forma: “Four days after 21 Latin American nations, gathered in Costa Rica, voted to break diplomatic relations with Trujillo and impose economic sanctions against the Dominican dictatorship, the U.S. moved to comply” (5 de septiembre de 1960). El favor estadounidense de Trujillo dependía, según Rabe, de su claro anticomunismo (51) y amainó en parte a raíz de la hostilidad entre el dictador dominicano y Rómulo Betancourt, de Venezuela (53).
*2 Balaguer “had been the nominal president under Trujillo”.
*3 El mismo Bosch recuerda el artículo 15 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos de 1948 que es, de hecho, ilegal el que un estado intervenga “directa o indirectamente, por ninguna causa, en los asuntos internos o externos de cualquier otro estado”. El ensayo de Bosch se titula, irónicamente, “Fidel Castro o la nueva etapa histórica del Caribe”. Luego de conocer la ilegalidad de su intervención, Johnson trató de “internacionalizarla” usando efectivos de otros países (White 3). Para un análisis detallado sobre el aspecto ilegal de la intervención, véase Wilson.
*4 Bosch era anticomunista, pero a diferencia de otros mandatarios de la región, no criminalizó los partidos comunistas de su país. De otra parte, sospechar de los vínculos comunistas de quienquiera, en las décadas de la Guerra Fría, no era ninguna anomalía. Al mismo Muñoz Marín, por ejemplo, lo carpetearon por posible comunista. Si bien el PPD recibió a un buen grupo de miembros del PCP, al crearse el vacío de liderato de Albizu (Palau Suárez 25), la acusación de comunista que recibe Muñoz es ya producto de la histeria.
*5 El dominicano Juan Bosch tiene un ensayo sucinto e informativo de esta invasión que presagió, en cierta manera, la invasión en la que se implicó su país. La deposición de Arbenz en Guatemala dio pie a la invasión de Playa Girón, la cual dio pie a la invasión dominicana. Sin mencionar la de su país, comenta Bosch que “la Historia enseñaba que todo lo que había sucedido en un país del Caribe tendería a suceder más tarde o más temprano en los demás, y que cada acontecimiento importante estaba encadenado a uno anterior” (368).
*6 Le hacen una escena de recaudación de fondos a la que asisten exiliados cubanos y un miembro del gobierno venezolano. Bosch le sugirió al ministro venezolano que, de recibir fondos de su gobierno, las células terroristas anticastristas no se manifestarían en los Estados Unidos durante la aparición del Presidente Pérez ante la ONU. Cuando arrestan a Bosch y a Posada Carriles en Venezuela, el Presidente Pérez promete cooperar con la investigación de la explosión del vuelo 455 de Cubana, con tal de que el gobierno de Castro apoyara la posición antiterrorista de Venezuela ante la ONU.
*7 “Until 9/11, the [Orlando] Letelier-Moffitt assassination was known as the most significant act of international terrorism ever committed in the capital city of the United States”, reza la página del National Security Archive. Así que, con su participación en el caso Letelier, Bosch ocupa el segundo lugar en este otro apartado. Hace unas semanas el NSA publicó un documento que implica a Henry Kissinger con la muerte de Leteliler (Kornbluh, “Henry Kissinger”).
*8 Lamela (qué pequeño es el mundo) trabajó en Voice of America, la agencia oficial de propaganda norteamericana, en donde había trabajado Vallimarescu.
*9 El abogado de Orlando Bosch (nieto de Fulgencio Batista) llegaría a la Corte Suprema de Florida nominado por Jeb Bush. Otro prominente exiliado cubano del partido republicano, Otto Reich, fue embajador de Venezuela, y cabildeó por la libertad de Bosch. Reich sostuvo cargos diplomáticos muy importantes bajo el gobierno de los Bush; ha recibido baqueo económico de la empresa Bacardí. Ninguno de estos datos es un secreto clasificado ni nada por el estilo.
*10 Las acciones terroristas, dice el reporte del gobierno, son proteger a organizaciones como las FARC y dejar que ronden las calles cubanas exmiembros del Black Panther Party y los Macheteros. Obama hasta le negó una visa al cantautor Silvio Rodríguez, quien iba a New York a cantar en la celebración del 90 cumpleaños de Pete Seger (Robinson). El Representante de Florida Connie Mack fue un tanto más lejos e instó a Obama a incluir a Venezuela en la lista, cosa que no sucedió. Hace unas semanas, ante el ridículo que provocó aún entre partidarios de Obama, se invalidó la lista oficial.
TEXTOS CITADOS
AFP. “US keeps Cuba on terrorism blacklist”. 30 de abril del 2009.
Bardach, Ann Louise. Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana. New York: Random House, 2002.
Bardach, Ann Louise. “Our Man’s in Miami. Patriot or Terrorist?”. Washington Post 17 de abril de 2005. B03.
Bosch, Juan. Antología personal. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2009.
Bosch, Orlando. Entrevistado por Andy Robinson. La Vanguardia 16 de agosto de 2006
Bunker, Ellsworth. Entrevistado por Michael L. Gillette. Oral History Interview III, 10/12/83. Internet. 30 de marzo de 2010.
Campbell, Duncan. “Friends of terrorism: Bush’s decision to bring back Otto Reich exposes the hypocrisy of the war against terror”. The Guardian 8 de febrero de 2002.
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Kornbluh, Peter. “Luis Posada Carriles and the Bombing of Cubana Flight #455”. Testimonio ante el Subcomité de Asuntos Externos de Organizaciones Internacionales, Derechos Humanos y Supervisión de la Cámara de Representantes (The House Foreign Affairs Subcommittee on International Organizations, Human Rights, and Oversight). 15 de noviembre de 2007.
Kornbluh, Peter (ed). “Kissinger Blocked Demarche on International Assassinations to Condor States”. National Security Archive. 10 de abril de 2010. Internet.
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Lamela, Esteban. “Iré a Cuba para hacer ‘guerrilla urbana’”. Replica 5 de marzo de 1975. 22-25.
Ludlam, Steve. “The political culture of terrorism in Cuban Miami”. International Journal of Cuban Studies 3 (2009): 1-11.
Palau Suárez, Awilda. 25 años de Claridad. San Juan: Editorial de la UPR, 1992.
Rabe, Stephen G. “The Caribbean Triangle: Betancourt, Castro, and Trujillo and U.S. Foreign Policy, 1958-1963”. Ed. Peter L. Hahn y Mary Ann Heiss. Empire and Revolution: The United States and the Third World since 1945. Columbus: Ohio State University, 2001. 48-70.
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Vallimarescu, Serban. Entrevistado por Claude Groce. The Foreign Affairs Oral History Collection of the Association for Diplomatic Studies and Training. Library of Congress. 25 de mayo de 1989. Internet. 28 de marzo de 2010.
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Wilson, Larman C. “La intervención de los Estados Unidos de América en el Caribe: La crisis de 1965 en la República Dominicana”. Revista de Política Internacional 122 (1972): 37-82.
Sunday, January 3, 2010
La quinta frontera
Al momento (enero 1, 2010) hay cinco países musulmanes que están recibiendo ataques de Estados Unidos. Los primeros dos fueron Irak y Afganistán. Por razones geográficas, la ocupación de Afganistán produjo el bombardeo a Pakistán (ambos países hacen frontera). Ya que las operaciones de la CIA en Somalia y Yemen han escalado y sus consecuencias están empezando a hacerse sentir, no es injusto calificar estos países como dos nuevas fronteras de enfrentamiento bélico (como hace Glenn Greenwald, en una entrevista con Democracy Now!). La sexta frontera bien podría ser Irán, si todo sigue como va.
Los iraquíes recibieron el año nuevo con la noticia de que la Corte del Distrito Federal dejó caer los cargos en contra de Blackwater Worlwide (o Xe Services, como se llama la compañía ahora) por la matanza de Nissour el 17 de septiembre de 2007. Blackwater es una de las más conspicuas compañías de mercenarios que el gobierno de los Estados Unidos contrata para dar servicios militares en los países que ocupa. Regularmente se señala que Blackwater parecería estar por encima de la ley, ya que no rinde cuentas por los crímenes marciales que comete. El 17 de septiembre de 2007 ametrallaron y bombardearon una calle llena de civiles porque pensaron que estaban siendo atacados. El saldo fue de 17 muertos y 27 heridos. Se acusó a cinco empleados de Blackwater, pero el juez federal desestimó los cargos porque la fiscalía fundamentó su caso en testimonios presentados bajo una promesa de inmunidad (NYT 1/1/2010). Este último incidente con Blackwater es una pequeña ilustración de la situación en Irak, un país destruido, cuya población civil muerta por causa directa de la invasión norteamericana ronda ya por los 100,000.
En Afganistán, el 2010 se despide con el ataque a una base de la CIA que dejó un saldo de ocho norteamericanos muertos; en otro incidente, murieron cuatro soldados y un reportero canadienses. Ambos ataques se efectuaron el 30 de diciembre. Dos días antes, diez civiles afganos murieron en un bombardeo de la OTAN en la provincia de Kunar; según parece, ocho eran niños. No se puede descartar una relación de causa y efecto entre los ocho niños afganos muertos el 28 de diciembre y los ocho empleados de la CIA un par de días después. El Talibán, de hecho, dejó claro que se trata en efecto de una represalia por los bombardeos norteamericanos (WSJ 2/1/2010). Es intensamente lamentable que una ojeada al periódico cualquier día del año presenta panoramas idénticos, que se repiten constantemente. Las persistentes bajas civiles (o asesinatos, si queremos prescindir de eufemismos) claramente aumentan la matrícula terrorista, ya que son cada vez más los civiles que ven morir a sus familiares, amigos y compatriotas en una ocupación violenta.
Hay varias formas de lidiar con el mortal círculo vicioso de la violencia en Afganistán. Uno de ellas es retirar las tropas invasoras, hacer reparaciones económicas y dejar que los afganos resuelvan sus problemas (y los que les hemos añadido) a su manera, lenta y penosamente, como usualmente pasa en países arrasados por la guerra. Otra opción es agregar 30,000 soldados más a la contienda, incrementar los bombardeos, intervenir en las elecciones, comprometer los recursos del país a inversiones extranjeras. Ya sabemos qué opción ha elegido la administración de Obama.
La situación en Afganistán empeora día a día, por razones obvias. Las víctimas civiles en ese país subieron un 10% en el 2009, bajo la administración de Obama, según reporta la ONU. En el 2007, el 46% de las muertes civiles eran causadas por las milicias y terroristas locales; hoy día, el número ha subido a un 60%, en un conflicto que se torna cada vez más fratricida.
Igualmente fratricidas son las consecuencias de la intervención norteamericana en Pakistán, aunque no sean estas las únicas causas de la confusión violenta de este país. Ciertamente, al menos 500 personas han muerto en atentados terroristas en Pakistán en los últimos tres meses (WSJ 1/1/2010). El 2010 abre con una explosión en un juego de voleibol en el que murieron 95 personas. Esto fue un viernes; el lunes de esa misma semana, 43 personas murieron en otro atentado. La violencia terrorista de Pakistán cada vez más cobra los visos de la iraquí.
Si bien es cierto que los problemas del país no son atribuibles íntegramente a la presencia norteamericana, es insensato ignorar la historia de colaboración entre Estados Unidos y fuerzas represivas paquistaníes. Un ejemplo tras otro prueba lo obvio, que no es ningún gran descubrimiento: la violencia engendra violencia. El ataque norteamericano de Chenagai, el 30 de octubre de 2006, dejó un saldo de 80 muertos y provocó una represalia en la que murieron 42 soldados paquistaníes. Dos años más tarde, en octubre de 2009, una explosión que mató a un centenar de personas inocentes le dio la bienvenida a la Secretaria de Estado Hillary Clinton.
El caos en Pakistán ha llegado a tal nivel que las Naciones Unidas han retirado una tercera parte de sus trabajadores del país, por temas de seguridad (WSJ 31/12/2009).
En el discurso con el que recibió su premio Nóbel, el Presidente indicó que los Estados Unidos no pueden luchar solos para salvar al mundo. Mencionó el caso complicado de Somalia, un estado fallido, “en donde el terrorismo y la piratería se unen con la hambruna y el sufrimiento humano”. Un par de semanas más tarde, Obama anunciaba que “seguiremos usando todos los elementos que estén en nuestro poder nacional para perturbar, desmantelar y derrotar los extremistas violentos que nos amenazan, vengan de Afganistán o Pakistán, Yemen o Somalia”. Se sobreentiende con esto que el país empobrecido, hambriento y sufrido de la charla del Nóbel recibirá el tratamiento militar de los otros países. Inglaterra, por supuesto, se suma a la iniciativa estadounidense, según reporta AFP en la página web de Yahoo. El mismo día que informa de la buena disposición de Gordon Brown de incrementar la intervención económica y militar en Yemen y Somalia (3 de enero de 2010), aparecen dos noticias más relacionadas con Somalia: la de un somalí que intentó matar al caricaturista que hace años hizo un controvertido dibujo de Mahoma y la de los últimos dos barcos que fueron secuestrados por piratas somalíes. La inclusión de estas dos noticias es reveladora, y de seguro estaremos oyendo noticias nefastas sobre somalíes en los próximos meses. La primera noticia insiste en que el hombre es somalí al menos ocho veces. La segunda noticia toca un tema mucho más colorido (los piratas), y —como se ha hecho con el término “narcoterrorismo”, en el cual se fusionan dos términos básicamente contrapuestos para construir una entelequia antagonista con un cierto grado de uniformidad— de seguro afanará a más de un comentarista estrechar lazos entre los terroristas de la primera noticia y los piratas de la segunda. Ha habido trifulcas entre los islamistas y los piratas, y la propaganda se renueva cuando parece anquilosarse, por lo que es posible que se hable mejor de causas en común que han llevado a un estado fallido en donde ambas realidades coexisten. Obviamente, las explicaciones estarán parcializadas.
Los Estados Unidos han estado interviniendo en Somalia desde hace décadas. Como en los otros casos mencionados en este ensayo, no se puede atribuir responsabilidad a los Estados Unidos de todos y cada uno de los problemas de Somalia, pero tampoco se puede relegar la responsabilidad a un plano menor.
Al presente, Somalia atraviesa una guerra civil. La guerra empezó en 1991 como una insurrección en contra del dictador militar Mohamed Siad Barre, a quien los Estados Unidos apoyaron económicamente (incluidos millones de dólares anuales para armamento). Siad Barre le entregó grandes concesiones a compañías norteamericanas justo antes de ser derrocado: resulta que Somalia podría poseer buenas reservas de petróleo. Cuando el país quedó en un caos total, las Naciones Unidas intervinieron en un par de operativos: la meta de distribuir ayuda humanitaria se vio impedida por la violencia de los caciques militares. Luego de la Batalla de Mogadiscio de 1993, en la que murieron 19 soldados norteamericanos y casi mil somalíes, los Estados Unidos retiraron sus fuerzas militares. Una década más tarde, luego de un fallido intento de un gobierno federado, dos fuerzas intentaron reestructurar el país, la Unión de Cortes Islámicas y la Alianza para la Restauración de la Paz y el Contraterrorismo. A esta última, la CIA apoyó económica y estratégicamente. Aunque nadie ha afirmado que la primera era una solución excelente (“a hard-line Islamic law-and-order collective” según Time Magazine 19/6/2009), cumplió la función de organizar a un país que había quedado en un caos general.
El estado de Etiopía apoyó militarmente a un gobierno fraguado en el exilio, el Gobierno Transicional de Somalia. Con la ayuda de Etiopía, el Gobierno Transicional derrotó a la Unión de Cortes Islámicas (que ya había disuelto a la Alianza). Desde 2007, Estados Unidos ha estado atacando blancos asociados a la Unión de Cortes, por su posible vínculo con Al Qaeda (al-Shabaab, el grupo más militante, ha negado públicamente tal vínculo). Tan reciente como el 15 de septiembre de 2009, Estados Unidos llevó a cabo un operativo especial en el cual murieron varios militantes islámicos.
En dos resoluciones del 2003, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha establecido que ningún otro estado debe intervenir en los asuntos de autodeterminación somalí (Reeve, International Law and the Use of Force in Self-Defence). Se reconoce al Gobierno Transicional Somalí como el mando legítimo del país, pero resulta que el apoyo militar que ha recibido tanto de Etiopía como de Estados Unidos hace que una parte de la población lo vea como una fuerza externa e ilegítima. La Unión de Cortes Islámicas se desbandó a finales de la década del 2000, y los elementos más recalcitrantes (e.g., al-Shabaab) han entrado en un conflicto sangriento en contra del Gobierno Transicional, de sus aliados etíopes y norteamericanos. Si bien las noticias sobre atentados terroristas (y de todo tipo) tienden a relegar lo que sucede en África a un espacio muy secundario, en el 2009 hubo varias explosiones suicidas, dirigidas principalmente a mandatarios y soldados africanos, pero en las que han muerto varios civiles. A los atentados se le añaden las confrontaciones militares.
El frente militar de Yemen es una de las guerras secretas más famosas de Estados Unidos. Al momento –y desde hace un año-, las operaciones militares están a cargo de la CIA, no de la milicia. Yemen es un conocido refugio de militantes islámicos (casi la mitad de los presos de Guantánamo provienen de Yemen, por lo que puede que el cierre de la prisión se posponga), pero el rol de Estados Unidos ha sido hasta ahora de inteligencia, entrenamiento y armamento (NYT 27/12/2009). El gobierno de Yemen ha tratado infructíferamente de hacerle ver a su población que los bombardeos e contra de Al Qaeda son de iniciativa propia, y que no responden a manipulación norteamericana. Un video de Al Jazeera presenta los esfuerzos de los militantes por demostrar que su ofensiva es en contra de Estados Unidos, no de Yemen.
El día de Navidad, el hijo de un banquero nigeriano intentó atacar un avión comercial que se dirigía a Detroit. El criminal aseguró haber recibido entrenamiento terrorista en Yemen. Ciertamente atacar civiles inocentes es una gran inhumanidad y no deben salir incólumes quienes lo planifican, lo intentan y lo hacen. El senador Lieberman (antiguamente demócrata, ahora independiente) le explicó a una cadena noticiosa que la Guerra del Mañana se fraguará en Yemen; su comentario se sustenta en el atentado infructífero de Navidad. El senador Lieberman, sin embargo, no mencionó que una semana antes (el 17 de diciembre) varios civiles yemeníes murieron en un bombardeo aéreo a cargo del gobierno de Yemen, que utiliza inteligencia y armamento norteamericano (la inversión es de 70 millones de dólares). ABC News informó que el mismo Obama dio la orden de lanzar dos misiles en este ataque. Lieberman tampoco mencionó que el 13 de diciembre de 35 a 70 civiles (el número es incierto) murieron en otro bombardeo yemení. Se necesita una gran fuerza de voluntad para no ver una relación entre estos ataques y el atentado infructífero del hijo del banquero.
La reacción de la administración Obama fue coordinar con el General Patareus (militar a cargo de Irak y Afganistán) maniobras agresivas en Yemén. El costo de la “ayuda antiterrorista” es el siguiente: de $4.6 millones en el 2006, la cifra llegó a subir a $67 millones en el 2009; este nuevo año, la cifra se dobla a $190 millones (WSJ 2/1/2010).
Como el más reciente caso de Blackwater en Irak, ninguna persona en sus cabales negaría que matar civiles inocentes es un gran crimen. Es lamentable, de otra parte, hacer una distinción entre vidas humanas basándonos en el color de la piel, el idioma o la nacionalidad de estas.
Los iraquíes recibieron el año nuevo con la noticia de que la Corte del Distrito Federal dejó caer los cargos en contra de Blackwater Worlwide (o Xe Services, como se llama la compañía ahora) por la matanza de Nissour el 17 de septiembre de 2007. Blackwater es una de las más conspicuas compañías de mercenarios que el gobierno de los Estados Unidos contrata para dar servicios militares en los países que ocupa. Regularmente se señala que Blackwater parecería estar por encima de la ley, ya que no rinde cuentas por los crímenes marciales que comete. El 17 de septiembre de 2007 ametrallaron y bombardearon una calle llena de civiles porque pensaron que estaban siendo atacados. El saldo fue de 17 muertos y 27 heridos. Se acusó a cinco empleados de Blackwater, pero el juez federal desestimó los cargos porque la fiscalía fundamentó su caso en testimonios presentados bajo una promesa de inmunidad (NYT 1/1/2010). Este último incidente con Blackwater es una pequeña ilustración de la situación en Irak, un país destruido, cuya población civil muerta por causa directa de la invasión norteamericana ronda ya por los 100,000.
En Afganistán, el 2010 se despide con el ataque a una base de la CIA que dejó un saldo de ocho norteamericanos muertos; en otro incidente, murieron cuatro soldados y un reportero canadienses. Ambos ataques se efectuaron el 30 de diciembre. Dos días antes, diez civiles afganos murieron en un bombardeo de la OTAN en la provincia de Kunar; según parece, ocho eran niños. No se puede descartar una relación de causa y efecto entre los ocho niños afganos muertos el 28 de diciembre y los ocho empleados de la CIA un par de días después. El Talibán, de hecho, dejó claro que se trata en efecto de una represalia por los bombardeos norteamericanos (WSJ 2/1/2010). Es intensamente lamentable que una ojeada al periódico cualquier día del año presenta panoramas idénticos, que se repiten constantemente. Las persistentes bajas civiles (o asesinatos, si queremos prescindir de eufemismos) claramente aumentan la matrícula terrorista, ya que son cada vez más los civiles que ven morir a sus familiares, amigos y compatriotas en una ocupación violenta.
Hay varias formas de lidiar con el mortal círculo vicioso de la violencia en Afganistán. Uno de ellas es retirar las tropas invasoras, hacer reparaciones económicas y dejar que los afganos resuelvan sus problemas (y los que les hemos añadido) a su manera, lenta y penosamente, como usualmente pasa en países arrasados por la guerra. Otra opción es agregar 30,000 soldados más a la contienda, incrementar los bombardeos, intervenir en las elecciones, comprometer los recursos del país a inversiones extranjeras. Ya sabemos qué opción ha elegido la administración de Obama.
La situación en Afganistán empeora día a día, por razones obvias. Las víctimas civiles en ese país subieron un 10% en el 2009, bajo la administración de Obama, según reporta la ONU. En el 2007, el 46% de las muertes civiles eran causadas por las milicias y terroristas locales; hoy día, el número ha subido a un 60%, en un conflicto que se torna cada vez más fratricida.
Igualmente fratricidas son las consecuencias de la intervención norteamericana en Pakistán, aunque no sean estas las únicas causas de la confusión violenta de este país. Ciertamente, al menos 500 personas han muerto en atentados terroristas en Pakistán en los últimos tres meses (WSJ 1/1/2010). El 2010 abre con una explosión en un juego de voleibol en el que murieron 95 personas. Esto fue un viernes; el lunes de esa misma semana, 43 personas murieron en otro atentado. La violencia terrorista de Pakistán cada vez más cobra los visos de la iraquí.
Si bien es cierto que los problemas del país no son atribuibles íntegramente a la presencia norteamericana, es insensato ignorar la historia de colaboración entre Estados Unidos y fuerzas represivas paquistaníes. Un ejemplo tras otro prueba lo obvio, que no es ningún gran descubrimiento: la violencia engendra violencia. El ataque norteamericano de Chenagai, el 30 de octubre de 2006, dejó un saldo de 80 muertos y provocó una represalia en la que murieron 42 soldados paquistaníes. Dos años más tarde, en octubre de 2009, una explosión que mató a un centenar de personas inocentes le dio la bienvenida a la Secretaria de Estado Hillary Clinton.
El caos en Pakistán ha llegado a tal nivel que las Naciones Unidas han retirado una tercera parte de sus trabajadores del país, por temas de seguridad (WSJ 31/12/2009).
En el discurso con el que recibió su premio Nóbel, el Presidente indicó que los Estados Unidos no pueden luchar solos para salvar al mundo. Mencionó el caso complicado de Somalia, un estado fallido, “en donde el terrorismo y la piratería se unen con la hambruna y el sufrimiento humano”. Un par de semanas más tarde, Obama anunciaba que “seguiremos usando todos los elementos que estén en nuestro poder nacional para perturbar, desmantelar y derrotar los extremistas violentos que nos amenazan, vengan de Afganistán o Pakistán, Yemen o Somalia”. Se sobreentiende con esto que el país empobrecido, hambriento y sufrido de la charla del Nóbel recibirá el tratamiento militar de los otros países. Inglaterra, por supuesto, se suma a la iniciativa estadounidense, según reporta AFP en la página web de Yahoo. El mismo día que informa de la buena disposición de Gordon Brown de incrementar la intervención económica y militar en Yemen y Somalia (3 de enero de 2010), aparecen dos noticias más relacionadas con Somalia: la de un somalí que intentó matar al caricaturista que hace años hizo un controvertido dibujo de Mahoma y la de los últimos dos barcos que fueron secuestrados por piratas somalíes. La inclusión de estas dos noticias es reveladora, y de seguro estaremos oyendo noticias nefastas sobre somalíes en los próximos meses. La primera noticia insiste en que el hombre es somalí al menos ocho veces. La segunda noticia toca un tema mucho más colorido (los piratas), y —como se ha hecho con el término “narcoterrorismo”, en el cual se fusionan dos términos básicamente contrapuestos para construir una entelequia antagonista con un cierto grado de uniformidad— de seguro afanará a más de un comentarista estrechar lazos entre los terroristas de la primera noticia y los piratas de la segunda. Ha habido trifulcas entre los islamistas y los piratas, y la propaganda se renueva cuando parece anquilosarse, por lo que es posible que se hable mejor de causas en común que han llevado a un estado fallido en donde ambas realidades coexisten. Obviamente, las explicaciones estarán parcializadas.
Los Estados Unidos han estado interviniendo en Somalia desde hace décadas. Como en los otros casos mencionados en este ensayo, no se puede atribuir responsabilidad a los Estados Unidos de todos y cada uno de los problemas de Somalia, pero tampoco se puede relegar la responsabilidad a un plano menor.
Al presente, Somalia atraviesa una guerra civil. La guerra empezó en 1991 como una insurrección en contra del dictador militar Mohamed Siad Barre, a quien los Estados Unidos apoyaron económicamente (incluidos millones de dólares anuales para armamento). Siad Barre le entregó grandes concesiones a compañías norteamericanas justo antes de ser derrocado: resulta que Somalia podría poseer buenas reservas de petróleo. Cuando el país quedó en un caos total, las Naciones Unidas intervinieron en un par de operativos: la meta de distribuir ayuda humanitaria se vio impedida por la violencia de los caciques militares. Luego de la Batalla de Mogadiscio de 1993, en la que murieron 19 soldados norteamericanos y casi mil somalíes, los Estados Unidos retiraron sus fuerzas militares. Una década más tarde, luego de un fallido intento de un gobierno federado, dos fuerzas intentaron reestructurar el país, la Unión de Cortes Islámicas y la Alianza para la Restauración de la Paz y el Contraterrorismo. A esta última, la CIA apoyó económica y estratégicamente. Aunque nadie ha afirmado que la primera era una solución excelente (“a hard-line Islamic law-and-order collective” según Time Magazine 19/6/2009), cumplió la función de organizar a un país que había quedado en un caos general.
El estado de Etiopía apoyó militarmente a un gobierno fraguado en el exilio, el Gobierno Transicional de Somalia. Con la ayuda de Etiopía, el Gobierno Transicional derrotó a la Unión de Cortes Islámicas (que ya había disuelto a la Alianza). Desde 2007, Estados Unidos ha estado atacando blancos asociados a la Unión de Cortes, por su posible vínculo con Al Qaeda (al-Shabaab, el grupo más militante, ha negado públicamente tal vínculo). Tan reciente como el 15 de septiembre de 2009, Estados Unidos llevó a cabo un operativo especial en el cual murieron varios militantes islámicos.
En dos resoluciones del 2003, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha establecido que ningún otro estado debe intervenir en los asuntos de autodeterminación somalí (Reeve, International Law and the Use of Force in Self-Defence). Se reconoce al Gobierno Transicional Somalí como el mando legítimo del país, pero resulta que el apoyo militar que ha recibido tanto de Etiopía como de Estados Unidos hace que una parte de la población lo vea como una fuerza externa e ilegítima. La Unión de Cortes Islámicas se desbandó a finales de la década del 2000, y los elementos más recalcitrantes (e.g., al-Shabaab) han entrado en un conflicto sangriento en contra del Gobierno Transicional, de sus aliados etíopes y norteamericanos. Si bien las noticias sobre atentados terroristas (y de todo tipo) tienden a relegar lo que sucede en África a un espacio muy secundario, en el 2009 hubo varias explosiones suicidas, dirigidas principalmente a mandatarios y soldados africanos, pero en las que han muerto varios civiles. A los atentados se le añaden las confrontaciones militares.
El frente militar de Yemen es una de las guerras secretas más famosas de Estados Unidos. Al momento –y desde hace un año-, las operaciones militares están a cargo de la CIA, no de la milicia. Yemen es un conocido refugio de militantes islámicos (casi la mitad de los presos de Guantánamo provienen de Yemen, por lo que puede que el cierre de la prisión se posponga), pero el rol de Estados Unidos ha sido hasta ahora de inteligencia, entrenamiento y armamento (NYT 27/12/2009). El gobierno de Yemen ha tratado infructíferamente de hacerle ver a su población que los bombardeos e contra de Al Qaeda son de iniciativa propia, y que no responden a manipulación norteamericana. Un video de Al Jazeera presenta los esfuerzos de los militantes por demostrar que su ofensiva es en contra de Estados Unidos, no de Yemen.
El día de Navidad, el hijo de un banquero nigeriano intentó atacar un avión comercial que se dirigía a Detroit. El criminal aseguró haber recibido entrenamiento terrorista en Yemen. Ciertamente atacar civiles inocentes es una gran inhumanidad y no deben salir incólumes quienes lo planifican, lo intentan y lo hacen. El senador Lieberman (antiguamente demócrata, ahora independiente) le explicó a una cadena noticiosa que la Guerra del Mañana se fraguará en Yemen; su comentario se sustenta en el atentado infructífero de Navidad. El senador Lieberman, sin embargo, no mencionó que una semana antes (el 17 de diciembre) varios civiles yemeníes murieron en un bombardeo aéreo a cargo del gobierno de Yemen, que utiliza inteligencia y armamento norteamericano (la inversión es de 70 millones de dólares). ABC News informó que el mismo Obama dio la orden de lanzar dos misiles en este ataque. Lieberman tampoco mencionó que el 13 de diciembre de 35 a 70 civiles (el número es incierto) murieron en otro bombardeo yemení. Se necesita una gran fuerza de voluntad para no ver una relación entre estos ataques y el atentado infructífero del hijo del banquero.
La reacción de la administración Obama fue coordinar con el General Patareus (militar a cargo de Irak y Afganistán) maniobras agresivas en Yemén. El costo de la “ayuda antiterrorista” es el siguiente: de $4.6 millones en el 2006, la cifra llegó a subir a $67 millones en el 2009; este nuevo año, la cifra se dobla a $190 millones (WSJ 2/1/2010).
Como el más reciente caso de Blackwater en Irak, ninguna persona en sus cabales negaría que matar civiles inocentes es un gran crimen. Es lamentable, de otra parte, hacer una distinción entre vidas humanas basándonos en el color de la piel, el idioma o la nacionalidad de estas.
Thursday, November 12, 2009
El regreso de los imbéciles
Para ser justos con la táctica retórica de El regreso del idiota, que denomina “idiotas” a sus antagonistas, habría que abrir otro apartado que describa a la contraparte dialéctica y adjetivarlo con otro insulto gratuito. En esta reseña, por eso, la palabra “imbéciles” se usará para referirse a los autores de este libro, Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa. Este último es hijo de otro “imbécil”, Mario Vargas Llosa, quien ha redactado el prólogo.
A medio camino entre la tirilla cómica y el panfleto de derecha, el libro es un caso lamentable de ceguera ideológica que, como suele suceder, nubla cualquier tipo de aportación interesante que parecería despuntar. Ataca a Hugo Chávez, Evo Morales y otros (en nombre del sentido común), y les rehúsa la posibilidad de haber hecho siquiera alguna cosa fructífera en sus vidas. La crítica principal (y válida) que se hace del “idiota latinoamericano” es que recurre al populismo y a la demagogia para llevar a cabo sus fines políticos. La mirada, no obstante, es tan menguada que no puede definir bien lo que son sin duda problemas reales y deriva en el panfleto populista que critica.
El libro tiene la intención de enfurecer. Enfurece, sí, pero por la informalidad con que despacha los temas que trata. Aunque muchas de sus observaciones y revisiones son pertinentes, las maneja con esa mezcla de prisa e irreverencia, imprecación y falta de información, que caracteriza al adolescente avispado pero mal informado. Pinta, con una paleta de telenovela, caricaturas propias de la literatura sicológica de supermercado (personajes megalómanos, frustrados) en vez de entender procesos históricos, diferir sesudamente y proporcionar alternativas.
Los autores sugieren que los indígenas perseguidos y las víctimas de la dictadura militar son todos unos envidiosos. Este reduccionismo flagrante es una especie de chiste preescolar. Los “imbéciles” afirman además que Latinoamérica nunca vivió la experiencia directa del fascismo, que pensionar ancianos es un síntoma del populismo, que Tony Blair era socialista, que McDonald’s es un restaurante de proletarios, etc. Ofenden, para colmo, a la larga y prestigiosa tradición de comediantes ingleses al sostener que Mr. Bean es norteamericano. Ni eso verificaron. Realmente, con algunas excepciones, es difícil argumentar algo en contra del texto: la opinión (adornada de chismes y diminutivos) predomina más que el argumento.
El libro es cumplidamente inconsecuente: dice, para defenderlos, que los capitalistas son filántropos, pero ataca la filantropía en otra parte. Critica a Compte por negar la existencia de derechos individuales en la página 299, y en la 301 habla detractoramente de los “supuestos” derechos humanos. Para colmo, cuando alguien a quien juzga hace algo con lo que está de acuerdo, lo acusa de inconsistente. Esto es vergonzosamente contradictorio: parece una payasada de Oscar Wilde.
La crítica a Noam Chomsky es, como usualmente pasa, anodina; le dedican más argumentos a atacar al futbolista Diego Maradona que a polemizar con un pensador de peso completo. Mario Vargas Llosa tampoco pierde la oportunidad de hacer el ridículo atacando a Harold Pinter en el prólogo. Pinter es un autor, escribe el peruano, de “espesos dramas experimentales raramente comprensibles y sólo al alcance de públicos archiburgueses y exquisitos, y demagogo impresentable cuando vocifera contra la cultura democrática”. Aquí se encierra una inmensa ironía. Cuando Vargas Llosa escribía novelas con valor literario, hace ya varias décadas, producía, precisamente, “espesos textos experimentales raramente comprensibles, solo al alcance”, etc. Hoy en día, a este pensador de segunda no se le ocurre nada mejor que atacar al mejor dramaturgo inglés del siglo XX en el prefacio de una antología de opiniones firmada por su hijo y sus amigotes. El caso no podría ser más grotesco.
Por otro lado, el libro está mal estructurado: el capítulo “¿Todos vuelven?”, en la mitad, parece haber estado diseñado para ser el primero. Contiene una síntesis, a manera de introducción, de los argumentos y hasta breves definiciones de términos, indispensables para lectores laicos. Descuella también la gran cantidad de repeticiones. Los punchlines aparecen repetidos en múltiples ocasiones, siempre con el candor de un primer descubrimiento. Quizás esto se deba a que son tres los “imbéciles” que escribieron el libro; por lo visto, entre las cosas que no han leído están sus respectivos ensayos.
La prisa hace que esta censura a la “nueva izquierda latinoamericana” se muestre laxa. Los chistes tampoco son muy cómicos. El lector interesado en encontrar una crítica seria a los gobiernos en cuestión deberá buscar en otra parte.
A medio camino entre la tirilla cómica y el panfleto de derecha, el libro es un caso lamentable de ceguera ideológica que, como suele suceder, nubla cualquier tipo de aportación interesante que parecería despuntar. Ataca a Hugo Chávez, Evo Morales y otros (en nombre del sentido común), y les rehúsa la posibilidad de haber hecho siquiera alguna cosa fructífera en sus vidas. La crítica principal (y válida) que se hace del “idiota latinoamericano” es que recurre al populismo y a la demagogia para llevar a cabo sus fines políticos. La mirada, no obstante, es tan menguada que no puede definir bien lo que son sin duda problemas reales y deriva en el panfleto populista que critica.
El libro tiene la intención de enfurecer. Enfurece, sí, pero por la informalidad con que despacha los temas que trata. Aunque muchas de sus observaciones y revisiones son pertinentes, las maneja con esa mezcla de prisa e irreverencia, imprecación y falta de información, que caracteriza al adolescente avispado pero mal informado. Pinta, con una paleta de telenovela, caricaturas propias de la literatura sicológica de supermercado (personajes megalómanos, frustrados) en vez de entender procesos históricos, diferir sesudamente y proporcionar alternativas.
Los autores sugieren que los indígenas perseguidos y las víctimas de la dictadura militar son todos unos envidiosos. Este reduccionismo flagrante es una especie de chiste preescolar. Los “imbéciles” afirman además que Latinoamérica nunca vivió la experiencia directa del fascismo, que pensionar ancianos es un síntoma del populismo, que Tony Blair era socialista, que McDonald’s es un restaurante de proletarios, etc. Ofenden, para colmo, a la larga y prestigiosa tradición de comediantes ingleses al sostener que Mr. Bean es norteamericano. Ni eso verificaron. Realmente, con algunas excepciones, es difícil argumentar algo en contra del texto: la opinión (adornada de chismes y diminutivos) predomina más que el argumento.
El libro es cumplidamente inconsecuente: dice, para defenderlos, que los capitalistas son filántropos, pero ataca la filantropía en otra parte. Critica a Compte por negar la existencia de derechos individuales en la página 299, y en la 301 habla detractoramente de los “supuestos” derechos humanos. Para colmo, cuando alguien a quien juzga hace algo con lo que está de acuerdo, lo acusa de inconsistente. Esto es vergonzosamente contradictorio: parece una payasada de Oscar Wilde.
La crítica a Noam Chomsky es, como usualmente pasa, anodina; le dedican más argumentos a atacar al futbolista Diego Maradona que a polemizar con un pensador de peso completo. Mario Vargas Llosa tampoco pierde la oportunidad de hacer el ridículo atacando a Harold Pinter en el prólogo. Pinter es un autor, escribe el peruano, de “espesos dramas experimentales raramente comprensibles y sólo al alcance de públicos archiburgueses y exquisitos, y demagogo impresentable cuando vocifera contra la cultura democrática”. Aquí se encierra una inmensa ironía. Cuando Vargas Llosa escribía novelas con valor literario, hace ya varias décadas, producía, precisamente, “espesos textos experimentales raramente comprensibles, solo al alcance”, etc. Hoy en día, a este pensador de segunda no se le ocurre nada mejor que atacar al mejor dramaturgo inglés del siglo XX en el prefacio de una antología de opiniones firmada por su hijo y sus amigotes. El caso no podría ser más grotesco.
Por otro lado, el libro está mal estructurado: el capítulo “¿Todos vuelven?”, en la mitad, parece haber estado diseñado para ser el primero. Contiene una síntesis, a manera de introducción, de los argumentos y hasta breves definiciones de términos, indispensables para lectores laicos. Descuella también la gran cantidad de repeticiones. Los punchlines aparecen repetidos en múltiples ocasiones, siempre con el candor de un primer descubrimiento. Quizás esto se deba a que son tres los “imbéciles” que escribieron el libro; por lo visto, entre las cosas que no han leído están sus respectivos ensayos.
La prisa hace que esta censura a la “nueva izquierda latinoamericana” se muestre laxa. Los chistes tampoco son muy cómicos. El lector interesado en encontrar una crítica seria a los gobiernos en cuestión deberá buscar en otra parte.
Sunday, November 8, 2009
Judíos a quienes sí
Los insistentes editoriales del Sr. Abraham Linkewer en El Nuevo Día son una magnífica muestra de hate speech. Aunque poco sofisticadas, se les debe prestar atención, ya que en el 100X35 adquieren una índole francamente peregrinas. Entre la serie de crímenes que sugiere resaltan las violaciones a la Asamblea General de la ONU, los bombardeos de civiles y un ciego racismo que, curiosamente, acusa a sus propias víctimas de verdugos.
Aunque afortunadamente las opiniones de Linkewer no importan demasiado, hay una falange muy poderosa que opina similarmente. El Vice Primer Ministro de Israel hace poco catalogó de “virus” a la prestigiosa organización “Paz Ahora”, que lleva 30 años tratando de fomentar un diálogo justo entre el gobierno israelí y los palestinos. Esta organización pacifista es uno de muchos grupos de judíos que simplemente están en contra de los abusos de Israel. Por ejemplo, B’Tselem, Independent Jewish Voices, Jewish Voice for Peace, Hamoked, además de varias sectas judías que, por interpretación talmúdica –y conciencia humanitaria- se quejan ante el expansionismo ilegal del estado de Israel. La lista es larga.
El binomio antisemita/pro-asentamiento es una gran mentira. El pueblo hebreo cuenta con algunas de las mentes y corazones más humanos de la Historia; cuenta también con embarazos como el profesor Dershowitz, el senador Lieberman y, en menor escala, el comentarista Linkewer.
Hace poco, Ethan Bronner (no un antisionista, por cierto) publicó en el New York Times un reportaje sobre los “colonos” judíos que diariamente violan la ley internacional y, con el aval de su gobierno (y la vista larga de los Estados Unidos), bisecan el suelo palestino. Uno de sus líderes comunitarios se refirió a Obama con un término racial despectivo por la tímida insinuación presidencial de que los asentamientos deben suspenderse. Habría que revertirlos, si se quisiera respetar la ley internacional, pero esta consideración no le importa demasiado a Obama, y mucho menos a Netanyahu. Ciertamente tampoco a Linkewer, pero damos gracias a Dios por los millones de judíos a quienes sí le importa.
Aunque afortunadamente las opiniones de Linkewer no importan demasiado, hay una falange muy poderosa que opina similarmente. El Vice Primer Ministro de Israel hace poco catalogó de “virus” a la prestigiosa organización “Paz Ahora”, que lleva 30 años tratando de fomentar un diálogo justo entre el gobierno israelí y los palestinos. Esta organización pacifista es uno de muchos grupos de judíos que simplemente están en contra de los abusos de Israel. Por ejemplo, B’Tselem, Independent Jewish Voices, Jewish Voice for Peace, Hamoked, además de varias sectas judías que, por interpretación talmúdica –y conciencia humanitaria- se quejan ante el expansionismo ilegal del estado de Israel. La lista es larga.
El binomio antisemita/pro-asentamiento es una gran mentira. El pueblo hebreo cuenta con algunas de las mentes y corazones más humanos de la Historia; cuenta también con embarazos como el profesor Dershowitz, el senador Lieberman y, en menor escala, el comentarista Linkewer.
Hace poco, Ethan Bronner (no un antisionista, por cierto) publicó en el New York Times un reportaje sobre los “colonos” judíos que diariamente violan la ley internacional y, con el aval de su gobierno (y la vista larga de los Estados Unidos), bisecan el suelo palestino. Uno de sus líderes comunitarios se refirió a Obama con un término racial despectivo por la tímida insinuación presidencial de que los asentamientos deben suspenderse. Habría que revertirlos, si se quisiera respetar la ley internacional, pero esta consideración no le importa demasiado a Obama, y mucho menos a Netanyahu. Ciertamente tampoco a Linkewer, pero damos gracias a Dios por los millones de judíos a quienes sí le importa.
Reseña de Seva vive
Seva vive es un documental escrito y dirigido por Francisco Serrano. Se basa en el cuento de López Nieves que, hace ya un tiempo, creó una agitación en algunos círculos locales porque se leyó como un artículo histórico más que como una obra de ficción. Narra, como se sabe, un apócrifo levantamiento en armas por parte de los puertorriqueños ante la invasión norteamericana. El escenario del levantamiento habría sido el ficticio pueblo de Seva, al cual, luego de ser destruido, se le habría mudado el nombre a Ceiba. El cuento tocaba la llaga de un indigesto hecho histórico: los puertorriqueños nunca se sublevaron ante los invasores norteamericanos en el 1898. Ofrecía la fantasía de un levantamiento que nunca sucedió. Se formó un debate animado entre historiadores de distintas catervas, lectores, ideólogos y comentaristas que, al día de hoy, como la existencia de esta película confirma, aún agita la imaginación de la gente.
La película debe verse por más de una razón; desde un punto de vista “cinematográfico” es interesante porque hace mucho con pocos recursos. Una queja constante relacionada al mundo del cine local (si se le puede llamar “mundo”) es que no hay dinero para hacer películas. Pues bien, aquí hay una película buena (muy buena) hecha con poco (muy poco) dinero. De otra parte, si bien la película no va a entretener a grandes multitudes de espectadores displicentes, el hecho de que hora y media de entrevistas a profesores universitarios logre cautivar el interés de un público moderadamente mixto es ya, de por sí, un triunfo. El interés se debe, en parte, al colorido e inteligencia de los entrevistados, pero también (y esto es más importante) al alcance y actualidad de los temas que trata.
Hay una “verdad tácita”, una vergüenza molestosa que se ha intentado explicar de mil maneras, y a la que el cuento (y las lecturas del cuento de los entrevistados) enfrenta. Sucintamente: ¿fueron los puertorriqueños unos cobardes por no rebelarse ante los invasores? La pregunta es muy injusta, y ha provocado reacciones encendidas, una de las cuales parecería afrontar el texto. La creación de un mito, de una mentira que podría pasar por histórica, es uno de los temas que se han desprendido del debate que provocó el malentendido de “Seva”. Si los puertorriqueños no se rebelaron, ¿se podría inventar un mundo paralelo en el que sí lo hicieron? ¿Con qué propósito se haría esto? ¿Con qué grado de credibilidad? ¿No es acaso, para empezar, la premisa incorrecta?
Entre los historiadores entrevistados, Juan Manuel García Passalacqua es el único que apuesta por creer en una ficción. Argumenta que los textos históricos, los datos y los documentos oficiales están escritos por los “vencedores”, y por lo tanto no son del todo fiables. Sostiene además que, ya que Francia se fundó en la noción de que Dios le hablaba a Juana de Arco, no es inválido creer en “Seva” o en ficciones similares, ya que los pueblos necesitan fe en un mito para la creación de una imagen que los defina. Si bien Serrano ha dejado a Passalacqua solo para defender su punto anti-histórico, y aunque por momentos el comentarista resulte más visceral que lógico, no se debe despachar a la ligera su reproche. En todo caso habría que actualizar un poco su noción de las herramientas historiográficas: Noam Chomsky, el historiador del pasado inmediato más importante de los últimos cuarenta años, y a todas luces el crítico más acérrimo del gobierno norteamericano, basa la documentación de sus trabajos precisamente en los documentos oficiales del Archivo Público de los Estados Unidos. Chomsky y sus seguidores han demostrado que para desmantelar un andamiaje ideológico, y para sacar a la luz datos que atentan contra la legitimidad de los procesos históricos y políticos de un estado (al menos en el caso al que se refiere), no es necesario creer un mito.
De hecho, Passalacqua quizás exagera la importancia del mito. En realidad, los procesos históricos no se dan en base a mentiras que crea la gente, sino a complejas interacciones de una gran gama de factores. Uno de estos es la propaganda, que usualmente recurre al mito. En vez de hablar románticamente sobre un mito falso (pero “cierto” de alguna manera inexplicable) que mueve al pueblo y que lo define, habría que cuestionarse la función de la propaganda, y lo que Chomsky ha denominado la “manufactura del consentimiento”. Esta vía es mucho más fructífera y no requiere de la credulidad injustificada para entender la historia desde un punto de vista no oficialista. Creer que los “mitos” mueven los procesos históricos es muy interesante, y puede dar pie a tesis doctorales y a publicaciones especializadas, pero es, si se toma a la ligera, una explicación desorbitada y academicista que no solo guarda poca relación con lo que llamamos “realidad”, sino que empalma precisamente con la afectación erudita que Passalacqua intenta contradecir.
Si, para propósitos de una discusión, quisiéramos encontrar una posible tacha en la película (ejercicio innecesario, ya que esta es excelente), sería esto de que deja solo al pobre García Passalacqua, quien parece luchar solo en contra de la opinión de que, históricamente, el puertorriqueño ha sido dócil. La noción, como se sabe, fue articulada por René Marqués en su famoso ensayo, y ha generado varias discusiones. Partiendo de varias instancias históricas, Marqués sostiene que el puertorriqueño es incapaz de rebelarse, se subordina fácilmente ante opresión política y económica, y es en última instancia un cabizbajo. Se ha querido ver en el cuento “Seva” un ataque a esta visión ácida de la puertorriqueñidad, pero el argumento se cae cuando se considera el género literario de los textos. El de Marqués es un ensayo ácido, pero de pretensiones de interpretación histórica; López Nieves escribe un cuento. Enfrentar uno a otro es como poner a luchar a un gato contra un semáforo: son dos categorías tan distintas que enfrentar una a otra solo puede producir los inútiles dilemas en los que invierten su tiempo algunos académicos desorientados. La opinión de que la historia de un pueblo acusa “docilidad” puede ser visceral, pero su certidumbre no se debate con un poema o un cuento; se puede creer o no creer, pero contradecirla con una obra de ficción es un disparate.
Carlos Pabón cree desmentir la idea de la “docilidad” puertorriqueña con un argumento que está, al decir de Les Luthiers, “razonado fuera del recipiente”. Pabón propone que la violencia criminal sea una buena evidencia para probar que el puertorriqueño no es dócil. El brillante profesor ofrece algunas de las opiniones más acertadas del documental, pero evidentemente no discernió demasiado esta contestación; Marqués se refiere a indocilidad política, no a actos de agresividad interna y criminal. La indocilidad política a la que apunta Marqués se traduce en rebelión política, no en crimen; la falta de cohesión social y de integridad comunitaria, causantes del crimen (juntamente con la pobreza), revelan precisamente una docilidad ante un opresor político. El indócil de Marqués (y de Zeno Gandía) puede llegar a ser fraticida, pero nunca cuestiona activamente su situación social o histórica. Puesto sencillamente: violencia no es indocilidad política, y es un grave error confundirlas.
Curiosamente, quien mejor argumenta este tema (aunque llega a una conclusión incorrecta) es Passalacqua, que cita las acciones de los macheteros y los atentados en contra de Truman como actos de “indocilidad”, pero habría que plantearse si esto desmiente la opinión de Marqués. Estos fueron actos de iniciativa privada y no se tradujeron en movimientos populares: no trascendieron a un plano mayor que pudiese justificar que “los puertorriqueños” (la noción problemática que blande Marqués) no son dóciles. Lolita Lebrón ciertamente es indócil, pero Lolita Lebrón no constituye “los puertorriqueños”.
Ahora, el documental no solo presenta la opinión de estos estudiosos, sino que adopta una postura clara al respecto. Esto es muy interesante, y lo es más en la medida en que uno observa la sutilidad con la que toma su posición. La indocilidad se demuestra en acciones moderadamente recientes como el activismo en contra de la base militar de Vieques. El movimiento en contra de la base militar de Vieques fue un acto de verdadera indocilidad (y no simple violencia o gritería), en la medida en que pudo organizar varios grupos de apoyo a nivel no solo local, sino internacional. A esto debe su maravilloso éxito, y se debe comparar con malogrados intentos de indocilidad como todo lo relacionado a la venta de la Telefónica, por ejemplo. Creo que su éxito se debió en parte (además de los animosos voluntarios que incurrieron en desobediencia civil) a que pudo conectar favorablemente con distintas organizaciones en distintas partes del mundo; por ejemplo, varios grupos en los Estados Unidos proveyeron un soporte moral y activista que aportó una fuerza decisiva al desenlace de los esfuerzos locales.
La película quiere reducir el tema del “puertorriqueño dócil” al mismo nivel de la ficticia Seva: al plano del imaginario popular. Aunque (repito) no creo que sea conveniente enfrentar un texto de crítica social a un texto de ficción, la película, mediante la alusión a Vieques, nos obliga a replantearnos no si una mentira puede contradecir una triste realidad, sino si esta “triste realidad” es una realidad después de todo.
Seva vive empieza y termina con un descubrimiento que es una metáfora. Enterrados bajo las bases de Vieques y Roosevelt Roads están los cadáveres de aquellos hombres y mujeres que lucharon por nosotros, pero que nunca existieron. Desenterrar un cuerpo que solo existió en nuestras mentes es un buen punto de partida para escribir el pasado histórico y para sentarnos, armar un plan de trabajo y proyectar el futuro.
La película debe verse por más de una razón; desde un punto de vista “cinematográfico” es interesante porque hace mucho con pocos recursos. Una queja constante relacionada al mundo del cine local (si se le puede llamar “mundo”) es que no hay dinero para hacer películas. Pues bien, aquí hay una película buena (muy buena) hecha con poco (muy poco) dinero. De otra parte, si bien la película no va a entretener a grandes multitudes de espectadores displicentes, el hecho de que hora y media de entrevistas a profesores universitarios logre cautivar el interés de un público moderadamente mixto es ya, de por sí, un triunfo. El interés se debe, en parte, al colorido e inteligencia de los entrevistados, pero también (y esto es más importante) al alcance y actualidad de los temas que trata.
Hay una “verdad tácita”, una vergüenza molestosa que se ha intentado explicar de mil maneras, y a la que el cuento (y las lecturas del cuento de los entrevistados) enfrenta. Sucintamente: ¿fueron los puertorriqueños unos cobardes por no rebelarse ante los invasores? La pregunta es muy injusta, y ha provocado reacciones encendidas, una de las cuales parecería afrontar el texto. La creación de un mito, de una mentira que podría pasar por histórica, es uno de los temas que se han desprendido del debate que provocó el malentendido de “Seva”. Si los puertorriqueños no se rebelaron, ¿se podría inventar un mundo paralelo en el que sí lo hicieron? ¿Con qué propósito se haría esto? ¿Con qué grado de credibilidad? ¿No es acaso, para empezar, la premisa incorrecta?
Entre los historiadores entrevistados, Juan Manuel García Passalacqua es el único que apuesta por creer en una ficción. Argumenta que los textos históricos, los datos y los documentos oficiales están escritos por los “vencedores”, y por lo tanto no son del todo fiables. Sostiene además que, ya que Francia se fundó en la noción de que Dios le hablaba a Juana de Arco, no es inválido creer en “Seva” o en ficciones similares, ya que los pueblos necesitan fe en un mito para la creación de una imagen que los defina. Si bien Serrano ha dejado a Passalacqua solo para defender su punto anti-histórico, y aunque por momentos el comentarista resulte más visceral que lógico, no se debe despachar a la ligera su reproche. En todo caso habría que actualizar un poco su noción de las herramientas historiográficas: Noam Chomsky, el historiador del pasado inmediato más importante de los últimos cuarenta años, y a todas luces el crítico más acérrimo del gobierno norteamericano, basa la documentación de sus trabajos precisamente en los documentos oficiales del Archivo Público de los Estados Unidos. Chomsky y sus seguidores han demostrado que para desmantelar un andamiaje ideológico, y para sacar a la luz datos que atentan contra la legitimidad de los procesos históricos y políticos de un estado (al menos en el caso al que se refiere), no es necesario creer un mito.
De hecho, Passalacqua quizás exagera la importancia del mito. En realidad, los procesos históricos no se dan en base a mentiras que crea la gente, sino a complejas interacciones de una gran gama de factores. Uno de estos es la propaganda, que usualmente recurre al mito. En vez de hablar románticamente sobre un mito falso (pero “cierto” de alguna manera inexplicable) que mueve al pueblo y que lo define, habría que cuestionarse la función de la propaganda, y lo que Chomsky ha denominado la “manufactura del consentimiento”. Esta vía es mucho más fructífera y no requiere de la credulidad injustificada para entender la historia desde un punto de vista no oficialista. Creer que los “mitos” mueven los procesos históricos es muy interesante, y puede dar pie a tesis doctorales y a publicaciones especializadas, pero es, si se toma a la ligera, una explicación desorbitada y academicista que no solo guarda poca relación con lo que llamamos “realidad”, sino que empalma precisamente con la afectación erudita que Passalacqua intenta contradecir.
Si, para propósitos de una discusión, quisiéramos encontrar una posible tacha en la película (ejercicio innecesario, ya que esta es excelente), sería esto de que deja solo al pobre García Passalacqua, quien parece luchar solo en contra de la opinión de que, históricamente, el puertorriqueño ha sido dócil. La noción, como se sabe, fue articulada por René Marqués en su famoso ensayo, y ha generado varias discusiones. Partiendo de varias instancias históricas, Marqués sostiene que el puertorriqueño es incapaz de rebelarse, se subordina fácilmente ante opresión política y económica, y es en última instancia un cabizbajo. Se ha querido ver en el cuento “Seva” un ataque a esta visión ácida de la puertorriqueñidad, pero el argumento se cae cuando se considera el género literario de los textos. El de Marqués es un ensayo ácido, pero de pretensiones de interpretación histórica; López Nieves escribe un cuento. Enfrentar uno a otro es como poner a luchar a un gato contra un semáforo: son dos categorías tan distintas que enfrentar una a otra solo puede producir los inútiles dilemas en los que invierten su tiempo algunos académicos desorientados. La opinión de que la historia de un pueblo acusa “docilidad” puede ser visceral, pero su certidumbre no se debate con un poema o un cuento; se puede creer o no creer, pero contradecirla con una obra de ficción es un disparate.
Carlos Pabón cree desmentir la idea de la “docilidad” puertorriqueña con un argumento que está, al decir de Les Luthiers, “razonado fuera del recipiente”. Pabón propone que la violencia criminal sea una buena evidencia para probar que el puertorriqueño no es dócil. El brillante profesor ofrece algunas de las opiniones más acertadas del documental, pero evidentemente no discernió demasiado esta contestación; Marqués se refiere a indocilidad política, no a actos de agresividad interna y criminal. La indocilidad política a la que apunta Marqués se traduce en rebelión política, no en crimen; la falta de cohesión social y de integridad comunitaria, causantes del crimen (juntamente con la pobreza), revelan precisamente una docilidad ante un opresor político. El indócil de Marqués (y de Zeno Gandía) puede llegar a ser fraticida, pero nunca cuestiona activamente su situación social o histórica. Puesto sencillamente: violencia no es indocilidad política, y es un grave error confundirlas.
Curiosamente, quien mejor argumenta este tema (aunque llega a una conclusión incorrecta) es Passalacqua, que cita las acciones de los macheteros y los atentados en contra de Truman como actos de “indocilidad”, pero habría que plantearse si esto desmiente la opinión de Marqués. Estos fueron actos de iniciativa privada y no se tradujeron en movimientos populares: no trascendieron a un plano mayor que pudiese justificar que “los puertorriqueños” (la noción problemática que blande Marqués) no son dóciles. Lolita Lebrón ciertamente es indócil, pero Lolita Lebrón no constituye “los puertorriqueños”.
Ahora, el documental no solo presenta la opinión de estos estudiosos, sino que adopta una postura clara al respecto. Esto es muy interesante, y lo es más en la medida en que uno observa la sutilidad con la que toma su posición. La indocilidad se demuestra en acciones moderadamente recientes como el activismo en contra de la base militar de Vieques. El movimiento en contra de la base militar de Vieques fue un acto de verdadera indocilidad (y no simple violencia o gritería), en la medida en que pudo organizar varios grupos de apoyo a nivel no solo local, sino internacional. A esto debe su maravilloso éxito, y se debe comparar con malogrados intentos de indocilidad como todo lo relacionado a la venta de la Telefónica, por ejemplo. Creo que su éxito se debió en parte (además de los animosos voluntarios que incurrieron en desobediencia civil) a que pudo conectar favorablemente con distintas organizaciones en distintas partes del mundo; por ejemplo, varios grupos en los Estados Unidos proveyeron un soporte moral y activista que aportó una fuerza decisiva al desenlace de los esfuerzos locales.
La película quiere reducir el tema del “puertorriqueño dócil” al mismo nivel de la ficticia Seva: al plano del imaginario popular. Aunque (repito) no creo que sea conveniente enfrentar un texto de crítica social a un texto de ficción, la película, mediante la alusión a Vieques, nos obliga a replantearnos no si una mentira puede contradecir una triste realidad, sino si esta “triste realidad” es una realidad después de todo.
Seva vive empieza y termina con un descubrimiento que es una metáfora. Enterrados bajo las bases de Vieques y Roosevelt Roads están los cadáveres de aquellos hombres y mujeres que lucharon por nosotros, pero que nunca existieron. Desenterrar un cuerpo que solo existió en nuestras mentes es un buen punto de partida para escribir el pasado histórico y para sentarnos, armar un plan de trabajo y proyectar el futuro.
Bolivia, Puerto Rico, Racismo y Déficit
Algunos miembros del Partido Republicano han dado con llamar “racista” a la jueza Sotomayor, por haber dicho que su experiencia como latinoamericana le ha permitido ver el mundo de manera distinta. El Partido Republicano –del cual nuestro gobernador es un miembro prominente- irónicamente ha estado asociado a las posturas más racistas de la política oficial norteamericana.
Las apreciaciones de Rush Limbaugh y Newt Gingrich repiten una constante curiosísima de los argumentos discriminatorios. Cuando un grupo atropella a otro tiende, para justificarse o defenderse, a describirse a sí mismo como un atropellado. Si se ponen las cosas al revés, no hay necesidad de ser lógicos, de ver las cosas en perspectiva. Gingrich es un hombre muy apreciado en Estados Unidos (Time Person of the Year, 1995); no menos respetado, aunque ciertamente más leído, Mario Vargas Llosa argumentaba hace un par de años que Evo Morales, el primer indígena en llegar a la presidencia de algún país latinoamericano, era, no sólo racista, sino indio a medias. En su descripción animalizada lo describió como “vivo como una ardilla, trepador y latero”. La envidia es cosa seria, y la inversión es su herramienta.
Y no es sólo el caso de Sotomayor el que se presta para hacer analogías entre Bolivia y Puerto Rico. Sin ánimos de querer probar nada, sería interesante considerar lo siguiente. Cuando anunció los 30,000 despidos en marzo, el Gobernador Fortuño avisó además que se cortaría su salario de $70,000 en un 10%. Loable, ciertamente. En Bolivia, Morales se redujo su propio sueldo un 57%, para un total de $20,500 aproximadamente. La reducción salarial incluyó la de los legisladores de su partido -cosa impensable aquí- y permitía crear un fondo destinado a contratar más maestros en el sector público. Indudablemente, resulta una forma ingeniosa de empezar a lidiar con un déficit presupuestario.
Se impone, para encontrar alternativas viables, la necesidad de buscar modelos progresivos.
Las apreciaciones de Rush Limbaugh y Newt Gingrich repiten una constante curiosísima de los argumentos discriminatorios. Cuando un grupo atropella a otro tiende, para justificarse o defenderse, a describirse a sí mismo como un atropellado. Si se ponen las cosas al revés, no hay necesidad de ser lógicos, de ver las cosas en perspectiva. Gingrich es un hombre muy apreciado en Estados Unidos (Time Person of the Year, 1995); no menos respetado, aunque ciertamente más leído, Mario Vargas Llosa argumentaba hace un par de años que Evo Morales, el primer indígena en llegar a la presidencia de algún país latinoamericano, era, no sólo racista, sino indio a medias. En su descripción animalizada lo describió como “vivo como una ardilla, trepador y latero”. La envidia es cosa seria, y la inversión es su herramienta.
Y no es sólo el caso de Sotomayor el que se presta para hacer analogías entre Bolivia y Puerto Rico. Sin ánimos de querer probar nada, sería interesante considerar lo siguiente. Cuando anunció los 30,000 despidos en marzo, el Gobernador Fortuño avisó además que se cortaría su salario de $70,000 en un 10%. Loable, ciertamente. En Bolivia, Morales se redujo su propio sueldo un 57%, para un total de $20,500 aproximadamente. La reducción salarial incluyó la de los legisladores de su partido -cosa impensable aquí- y permitía crear un fondo destinado a contratar más maestros en el sector público. Indudablemente, resulta una forma ingeniosa de empezar a lidiar con un déficit presupuestario.
Se impone, para encontrar alternativas viables, la necesidad de buscar modelos progresivos.
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